La luna está rara

 Me gusta el mes de agosto. Comienza a hacerse llevadero el calor, tal vez ya por costumbre. Me gustan las tormentas de verano de esta época, durante las cuales parece que va a caerse el cielo y caen más rayos y truenos que en el resto del año. Y puede una salir por la noche más a gusto.Parece que se barrunta ya el descanso otoñal, para aquellos a los que sudar no nos parece glamuroso.

   Recuerdo un verano en el que trabajé en una bocatería. Cerrábamos a la una de la noche y como no había que madrugar, y mis hermanos y mi novio estaban de vacaciones, todas las noches venían a buscarme y nos tomábamos un refresco en un bar. Lo del refresco tiene guasa, ya explicaré más tarde porqué.

 Estaba situado muy cerca de mi casa. Era un bar que abría veinticuatro horas. Y el turno de noche lo llevaba el mismo camarero día tras día, aguantando como un campeón. Él, merece capítulo aparte: un tío pequeñajo, fibroso, amable con los que se portaban bien y con una mala ostia impresionante con los que no se portaban tan bien, curtido en todas las cosas raras de la vida… porque trabajar en ese bar, daba para el libro y la película.

   El nombre ya era bueno: Bar Vanity. Muchos lamentamos su cierre. Debido a su condición de bar tuentiforauers, allí recalaban hijos de todas las madres. Y por las noches venía lo mejor. Tenía una terraza privilegiada situada en una esquina de dos calles, aprovechando una acera recién reformada y muy ancha, con las típicas mesas de coca cola y las sombrillas de heineken. Nosotros siempre estábamos en la terraza, porque tenías que ser muy duro para aguantar la temperatura del aire acondicionado y el olor a fritanga. Era un bar decorado allá por el principio de los ochenta, con visillos grasientos situados a media altura de la ventana, de tamaño más bien pequeño, lavabo no apto para estómagos delicados, y barriles de cerveza a cada paso que dabas. Ah, y las entrañables cajas rojas de la coca cola, apiladas al fondo. Tenía pinta entre bar de tapas y puticlub, con tragaperras de esas que no callan y la máquina de tabaco, cuando aún no te hacían reconocimiento de retina para comprarlo. Era feo con ganas, el típico bar español. Pero se hizo entrañable.

Comenzaba la ronda por el almuerzo o lo que sea, nocturno de los basureros. Los trabajadores del ayuntamiento, todas las noches se tomaban el bocata traído de casa y el vino con gaseosa lo ponía el posadero. Eso sí que es un tipo duro y lo demás, tonterías. Siempre había un señor, un habitual que no fallaba ni una noche, de mediana edad, más fibroso que el camarero, feo como pegarle a un padre, ceñudo, con aspecto de estar enfadado con la vida, y que en cuanto se metía entre pecho y espalda el bocata y el vino, se subía con una gracia y una chulería a la trasera del camión, que hasta te daba envidia.Incluso las noches que no trabajaba, no fallaba, y en lugar de venir en el camión de la basura, venía en un renault 9 blanco. De tanto en tanto, le daba conversación un señor que venía con un perdiguero y un todoterreno rojo antiguo. Charlaban de caza, lo cual nos daba una idea de lo poco favorable que sería meter una escopeta en ese bar. Nos gustaba especular con su vida: ¿tendría familia? ¿sería compatible ese trabajo nocturno siempre con una mujer, hijos, padres…? Por aquella época éramos muy jóvenes y sabíamos poco de la vida. De todas formas, era uno de nuestros personajes favoritos, porque admirábamos lo duro que era, ya que trabajar en la recogida nocturna de la basura, tiene que ser cuanto menos, desagradable.

   Un poco más tarde, llegaba mi chica preferida: Marisol. En resumen y para situarnos, diré que trabajaba (a menos que se lo haya dejado ya), en el club de alterne que había a dos manzanas del bar. Travesti (o transexual, no lo sé. Disculpen mi ignorancia, sobre todo tú, Marisol), de mediana edad, de voz grave, piernas largas, cabellera rubia siempre bien peinada,  y con su novio, que iba a buscarla todas las noches sobre la una o una y pico, acompañado por sus, atención, siete caniches. Normalmente los dejaban en el coche y se bajaban uno o dos. Si no, no les dejaban estar tranquilos. Marisol y su novio, un chico algo más joven, con gafas enormes, camisas imposibles, y buena gente también, hacía años que iban al Vanity. Tenían total confianza con el camarero de la noche. Y tenían esa alegría soez y contagiosa que nos hacía reír a todos los de la terraza con sus ocurrencias. A ella le debemos el titular de esta entrada, y explico porqué. Una noche, en la terraza, estábamos los habituales: mis dos hermanos, mi novio, yo, Marisol y su novio con un par de caniches, y alguien más. Un señor que muy normal no estaba el pobre, paseaba en plena noche veraniega, acera arriba, acera abajo, vestido con un pijama de rayas invernal, entonando una especie de lamento repetitivo. Al pasar tantas veces por delante de nosotros,  al final, nos miramos extrañados y Marisol dice: Hoy la luna está rara… Era agradable. A nosotros nunca nos faltó el hola y el adiós.

   Recuerdo anécdotas sueltas, como aquella noche, en que una de las compañer@s de Marisol, discutía con el camarero, pasadita de copas, y le dio por reivindicar sus derechos femeninos  justo cuando entrábamos nosotros y ni corta ni perezosa, se puso a hablar de sus tetas y nos las enseñó para que comprobáramos que eran de verdad. Tuvimos que darle la razón.

   También fue buena aquella vez que el camarero nos contó que la noche anterior, sobre las cuatro de la mañana, que estaba más que solo, habían intentado atracarle, y que había mandado al atracador al hospital después de haberle estampado en la cabeza la caja registradora. Nosotros le sorprendíamos. Siempre pedíamos coca cola, agua con gas, fanta… el tío nos miraba como pensando que le tomábamos el pelo. Normal, con la parroquia asistente, eso no se lo daban ni a los caniches de Marisol, que poco les faltaba para fumar más que la dueña. Para darle el gusto, porque el tio nos decía lo raro que le parecía que no ingiriéramos alcohol, una noche nos pedimos cuatro cañas.

   Un sábado, nos fuimos solos mi novio y yo. El fin de semana, era más solitario que los días laborables. Sentados en la terraza, recién salidos de la adolescencia, le apetecimos a un tío que nos contó su vida y que tenía claras intenciones de llevarnos a su apartamento a los dos. Una ha visto de todo. Pero aún me siguen sorprendiendo ese tipo de cosas. Decidimos darle cuerda. Allí no nos podía pasar nada. Le dejamos largar lo que quiso, contándonos de su mujer, de las vacaciones en la ciudad que no eran tal porque había venido por trabajo… trabajaba en seguros y se le notaba, porque lo dijo todo sin decirlo. Al final, le cansamos y se fue. Y a los dos minutos el camarero salió a preguntarnos si todo estaba bien, que estaba mosqueado ya de que el tipo no se largara.

   Una vez, llevamos a cenar allí a unos amigos de Alicante. Tenían un grupo de Black Metal y las pintas las podéis imaginar: Pelos largos hasta la cintura, barbas y bigotes, cuero negro y cadenas, muñequeras de pinchos… vaya, lo que le faltaba al Vanity…

   Muchos  años después, me acuerdo a veces. Donde vivo ahora no hay ningún sitio tan bizarro, peligroso y adorable a la vez. A veces paso por delante cuando voy a ver a mis padres, y el local sigue cerrado. Igual algún día, si me curto un poquito más, me lo quedo yo.  

 

~ por siyopudieraytuquisieras en 14 Agosto 2008.

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