Expedición al infierno 4: terciopelo rojo

Estabas sentado en una silla gigante, a tres metros de altura de mí. Yo, abajo, te llamaba a gritos, agitando los brazos, tratando de captar tu atención. Pero tú mirabas en silencio al infinito, como si yo no estuviera allí. Creí que por fin te habías decidido, que por fin te habías unido a mi viaje. Pero tras muchos gritos, intentar trepar a la silla gigante, caerme varias veces, y suplicarte, entendí que no estabas allí. Tal vez fueras un reflejo. Tal vez hubieras decidido iniciar tu propio viaje, y tu presencia sólo fuera un mensaje que dijera que estás en tu propio camino. No en el mío.

Después, fui yo la que se sentaba en la silla gigante, mirando al infinito. No podía verte, no estabas allí. No oía tus gritos llamándome. Intentaste trepar y te caíste. ¿Cómo lo sabía si no podía percibir tu presencia? No lo sé. Este lugar no es como nada que conozcamos, ya te lo dije cuando al inicio, aún existía una sutil corriente de comunicación, cuando aún estabas tras el interrogante.

Te apareces constantemente. Sobre todo entre la multitud. Sí, aquí de tanto en tanto, hay multitudes, ciegas y sordas a mi presencia. Soy como un fantasma para ellos.

Anoche hubo una fiesta. Una reunión a la que asistí en un rincón de una enorme sala. Sentada en un sofá de terciopelo rojo, totalmente invisible a los demás. Estabas sentado de espaldas a mí. Bebías sin parar apoyado en la barra acolchada. Una mujer bellisima al pasar por detrás de tí, acarició tu espalda con sus uñas esmaltadas. Tú y yo volvimos la mirada hacia ella, mientras se alejaba taconeando. Sólo pudimos ver la costura de sus medias y su largo cabello rojo. Te miró por encima del hombro y te dedicó una sonrisa.

Busqué una puerta para irme y no ver más. Pero esto es el infierno. No salen de la nada puertas de escapatoria: tienes que quedarte a mirar.

 

Puntos de vista

Muy buenos días:

“Un mundo nuevo no es más que un nuevo modo de pensar”

(William C. Willian)

 

Pues sí, quizá tenga razón. Es más, probablemente la tenga. Pero a quien nos pilla ya algo quemados y sin ganas de milongas, eso de hacer otro esfuerzo para readaptar la mente, nos da una pereza…

A veces las cosas salen bien, otras salen mal. Es una lástima que no siempre salgan bien, pero así es (a mí me fastidia muchísimo que después de algo bueno, venga algo que amargue. Me recuerda el permanente movimiento del mundo y el paso de tiempo, que no se detiene, y nosotros tenemos que dormir sobre un planeta que no para… no puedo dormir sobre algo que está en marcha).

Quizá sea cuestión de ver el calibre de los hechos. Tal vez lo malo no sea tan malo, como bueno es lo bueno. Entonces no hay razón para deprimirse. Pero ¿porqué no puede haber instantes de gloria más a menudo? Algo donde todo sea perfecto, donde lo que queremos y lo que ocurre, se encuentran por fin (Sí, A., me has hecho pensar).

Y pensando, pensando, les dejo que saquen sus propias conclusiones.

Buenos días.

 

 

 

Belleza

 ”La belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla.”

 

David Hume

 

La Almendra

“Luego descubrí las virtudes de la bebida. Tardé cierto tiempo en escoger, ya que el vino me revolvía el estómago, la cerveza me producía diarrea y el champán me daba morriña.  Sólo el whisky,  rebajado con agua, me hacía crepitar como un fuego de abedul y me ahorraba los vértigos de la resaca.  Apreciaba las marcas más raras, las más costosas, lo cual hacía reír a Driss.

- ¡Haces bien, paloma mía! Pecar por pecar, vale más elegir las vilezas del precio prohibitivo. No te rebajes jamás, almendra mía, a alimentarte de mediocridad y a contentarte con lo común. Vejarías a tus ángeles de la guarda si te humillases de ese modo.

Actualmente, mis pecados se recogen con pala, recuerdo haberme dicho. ¿A cuándo se remonta mi última plegaria, mis últimas abluciones? Me eché a reír dentro de mi cabeza: siendo pagana, me prosternaba cinco veces al día en dirección a La Meca. Una vez convertida al amor y a las rupturas, dirigía a Dios mis súplicas en mitad de un polvo o bien bajo la ducha. ¿Musulmana yo? pero entonces  ¿aquel hombre, aquellas mujeres, aquel alcohol, aquellas cadenas, aquellas preguntas, aquella ausencia de remordimientos, aquel arrepentimiento que no llegaba…?  Sólo el ayuno del Ramadán permanecía intacto. Me purificaba de la angustia y me daba un respiro del alcohol. Ciertamente el Ramadán por sí solo se demostró impotente para prohibirme el cuerpo de Driss, que no lo observaba.  Oh, desde luego respetaba mi penitencia, pero no le encontraba mérito alguno. No podía decirle que a la puesta del sol, mi primer trago de agua subía a los cielos acompañado de un ferviente deseo: que Dios aceptara mi sed y mi hambre en sacrificio. Que supiese que mi cuerpo todavía era capaz de serle fiel.”

 

Nedjma

“La Almendra”  Memorias eróticas de una mujer árabe.

 

Sobre la amistad.

“¿Qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?”

Marco Tulio Cicerón

"Amistades peligrosas" Carmen Corcelles

Expedición al infierno 3: la habitación gris.

Todo ha cambiado. Ya no queda nada del paisaje que te describía anteriormente. Variaba sin descanso, pero era parecido. Ahora hay algo totalmente desconocido para mí.

Creo que estoy dentro del edificio.

Desde fuera, era una construcción simple y sólida. Una especie de cubo con algunas ventanas. Lo veía a kilómetros de distancia, o eso calculo.
No sé cómo he llegado aquí. Sólo sé, que me dormí sobre la línea roja, después de mucho andar. Y lo que vino después, está confuso en mi mente. Creo recordar que la línea roja comenzó a rodear mis tobillos lentamente. Luego, subió por mis piernas, y comenzó a aprisionarme dentro de una madeja. Fue una sensación aterradora, porque yo estaba dormida, sabía que estaba dormida, pero lo veía todo y no conseguía despertarme. Traté de gritar, pero mi cuerpo estaba dormido y no me respondió. Mis músculos no se movían, mi garganta no emitía ningún sonido. Sólo podía quedarme allí, temiendo que hubiera llegado el fin de mi expedición.
No sé en qué momento dejé de ser consciente de lo que ocurría. Lo único que sé, es que todo se oscureció.

He despertado en una habitación de techo y paredes rugosas y grises, sin ventanas. No hay ninguna lámpara o cualquier otro artefacto que genere luz. Pero puedo verlo todo. Hay una puerta, bueno, más bien es una oquedad sin puerta. No veo lo que hay al otro lado. Me asusta acercarme, pero es la única salida. La elección está clara.

Lo que más me apena, es que ya no veo el inicio. Ya no veo el gran interrogante. Sé que ya no estás ahí. Antes, aún tenía la esperanza de que vinieras, pero creo que ya la he perdido. Sabía que el inicio del infierno, no era el que yo creía. El inicio del infierno está cuando uno se queda a solas consigo mismo y mira dentro, y es consciente de cómo se es y cómo se hacen las cosas. Aquí sentada en el suelo de la habitación gris, he pensado y pensado. He pensado que cualquier cosa que hago, tiene fallos. Que no puedo hacer nada perfecto. Y que pierdo en la competición siempre. No me molesto en competir, aunque a veces, ya sabes que hay que hacerlo. He pensado en que en realidad, el infierno ha estado presente siempre, mucho más cerca de lo que creía…

Toda mi vida me la he pasado luchando contra todo. Quizá por eso, ahora estoy aquí. Si me hubiera dejado llevar por la corriente, si hubiera sido más receptiva a todo lo que me ha rodeado sin estar permanentemente alerta y atenta, todo habría fluído con más calma. Pero desde siempre, todo ha sido lucha y más lucha. Y la peor batalla, siempre la estoy librando conmigo misma. Claro, con todo ese barullo ¿cómo voy a oír lo que dicen los demás seres? Imposible… Por eso, aquí, cuando me cruzaba ahí fuera con los habitantes del infierno, tampoco conseguía entenderlos: no hablo el idioma común a todo el mundo. Soy una discapacitada semántica. Y ahora es tarde para cambiar. Uno siempre se da cuenta de ese tipo de cosas: es tarde para cambiar.

A pesar de todo, trato de ayudar. Quizá busco mi redención. Quizá este juego va demasiado en serio, y más que una expedición al infierno, se ha convertido en un vertiginoso descenso, donde no hay donde agarrarse, y donde el final estará cuando me encuentre cara a cara conmigo misma. Lo noto en los huesos. ¿Sabes lo que más me asusta? Su duración. Quisiera acabar de una buena vez y encontrarme. Y preguntarme ¿por qué? todas las veces que hiciera falta hasta conseguir arrancar una respuesta coherente, una mínima explicación que resolviera el misterio de porqué me resulto extraña, porqué todo el mundo parece poder comunicarse, conectar con hilos invisibles de cariño, o complicidad, o entendimiento, y yo estoy ciega dando tumbos de un lado al otro.

Y sin embargo, me importa bien poco lo que los demás seres opinen de mí. Sé que nunca van a aprobar lo que hago o no hago. Así que ¿para qué molestarse?

Y estoy dividida… antes de que la línea roja me transportara hasta aquí, encontré a dos de esos seres. Uno le pegaba a otro. Le tiraba de los mechones del pelo, le retorcía uno de sus cuatro brazos, mientras los demás se agitaban agónicamente, castigaba sus costillas a patadas… yo grité para llamar su atención. Pero me ignoraba. Al final, cogí una piedra en forma de pirámide y se la arrojé. Salió corriendo, lamentándose. Pero el ser agredido me miró con sus ojos color amarillo y me gruñó algo, enfadado. Luego se fue, dando largos pasos con sus enormes pies. Y yo, me quedé desconcertada… la desaprobación me afecta y sin embargo no me importa su opinión. Es muy sutil, pero hay una diferencia. Y me hace sufrir.

He pensado demasiado hoy. Me he criticado demasiado hoy. He actuado demasiado hoy, demasiado para lo que soy capaz de soportar. Pero tengo que levantarme y salir por esa puerta. O lo hago, o moriré aquí. Y soy demasiado curiosa para eso…

 

 

El gran lupanar.

Buenas noches…

Tras un prolongado abandono de esta sección, la revisito con su permiso, con una cita muy actual ¿vamos allá?

“Esta sociedad nos da facilidades para hacer el amor, pero no para enamorarnos.”
Antonio Gala.

Quedamos pocos románticos. Y se nos acaba el romanticismo a marchas forzadas, a base de palos. Pero es difícil acabar del todo con un ecosistema emocional, a pesar de echarle veneno. Vamos, que queda algo siempre de lo que uno fue. Y hay gente que opina que no podemos evolucionar a otra cosa que no sea a lo que somos.

Volvamos a la cita, que me despisto.

Echar un polvo es relativamente sencillo. Estadísticamente, hay tanta gente buscando lo mismo que es prácticamente imposible no encontrar a alguien para pasar el rato. Otra cosa muy distinta es querer hacerlo.

Pero hablándoles con el corazón en la mano (y el teléfono con el 112 marcado en la otra), mi ecosistema emocional no es capaz de admitir eso. No estoy programada para eso. No puedo, vaya. Asi que reflexionen sobre si un aquí te pillo, aquí te mato realmente llena algo que no sea lo evidente.

Me quedaré lamiéndome las heridas en un rincón, viendo de reojo el gran lupanar desesperado en el que se están convirtiendo las interacciones sociales.

 

 

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