Expedición al infierno 5: Los puentes de carne.
02 oct 2010 Dejar un comentario
in Se encuentra bien: está narrando Etiquetas: carne humana, dolor, faltas, gemidos, infierno, puentes, río, sacrificio, viaje
El infierno es esto… es dejar al descubierto todas nuestras faltas, mirarlas de frente, aceptar que las tenemos, e incluso que disfrutamos de ellas. No valen hipocresías: somos así. Y hallamos un placer perverso en reafirmarlas, disfrazándolas en ocasiones de virtudes, para agasajar a ese gran enemigo que es nuestro ego. Así lo justificamos, lo aplacamos, le damos lugar preferente, lo convertimos en excusa, en fin último. Nos hiere y ahí estamos, a su servicio. Nos pasamos la vida empujando a los demás para hacernos hueco, ¿para qué? para en numerosas ocasiones, pasar desapercibidos. Y eso nos ciega de rabia e ira, alimentándolo más. Nadie da nada por nada, esa es la idea extendida. Siempre hay un interés oculto. Es un dogma. Y un estigma para aquellos que se suicidan una y otra vez dando lo mejor de sí a cambio de nada. Existe. Esa gente existe. Pero se equivoca… y lo sabe.
De repente, me encontré fuera de nuevo. El paisaje era tan bello que me hizo caer de rodillas: un hermoso valle entre montañas, en el fondo del cual, discurría un río de aguas tranquilas y profundas, tanto, que eran casi negras, aunque no las percibía como una amenaza, a pesar de hallarse a cientos de metros de profundidad, acomodado entre paredes rocosas. Al fondo, una fecunda cascada, las alimentaba. Aquel paisaje era una obra de arte viviente.
Cruzado en varios puntos por unos largos y estrechos puentes, había gente que cruzaba. Desde mi posición, se veían diminutos como hormigas. Y un rumor sordo llenaba el espacio. Me acerqué a uno de esos puentes. Aunque el más próximo se hallaba a kilómetros, conseguí llegar en pocos pasos.
El puente estaba hecho de carne. Carne humana. Estaba vivo. Descubrí lo que había sido una figura humana, estirada hasta formar un grotesco arco que cruzaba el cañón en toda su anchura. Sus dedos estirados hasta medir varios metros, se agarraban precariamente a la roca. Sus pies, clavados en la otra orilla, se fundían con la tierra. La cabeza, deformada e incrustada entre unos hombros retorcidos sobre sí mismos, albergaba una expresión hueca y congelada en una mueca terrorífica, con la boca desencajada y los ojos a punto de caer de unas órbitas inflamadas. Todas y cada una de sus vértebras, cruelmente separadas las unas de las otras, parecían baches en el camino de una espalda cuyas costillas estaban dispuestas longitudinalmente y se partían con un seco chasquido al ser pisadas por los transeúntes.
Uno de los peatones, a pocos metros de mí, se detuvo en la orilla. Frente a la criatura, no había más que vacío, y al fondo, el río. Mi propia adrenalina me dio una inesperada descarga al ver cómo el ser dio un paso hacia el vacío. Pero en lugar de caer, sus pies se clavaron en la tierra de la orilla y su cuerpo comenzó a estirarse. Oí sus gritos, acompasando el crujir de huesos, el descoyunte de cada articulación, el agrietamiendo de la piel. Se estiró de forma imposible, retorciéndose para formar un leve arco de unos cincuenta metros, mientras esa expresión de terror hueco se instalaba, y su débil quejido se unía al rumor del valle. Quedó allí, gimiendo, triturado, convertido en un puente humano que no tardó en ser pisoteado por otras criaturas, no teniendo en cuenta que era, que seguía siendo un ser vivo. Las criaturas lo utilizaban para pasar al otro lado del río, ignorando su sufrimiento, ignorando su dignidad, con sus gemidos y sus genitales expuestos en el retocimiento del cuerpo, pisoteados al paso poco cuidadoso de los viandantes.
¿Por qué este sacrificio si no hay recompensa? Cuando las fuerzas les fallaban y sus dedos no podían agarrarse más a la roca, caían al río como caería una cuerda, retorcidos, vapuleados, estirados e inservibles. Y nadie lo lamentaba. Sólo el rumor de sufrimiento se debilitaba un poco.
Sentí que si me situaba al borde del precipicio y estiraba los brazos, sería uno más de esos puentes. Así que eché a correr en dirección opuesta, con los oídos infectados por aquellos lamentos…
lamento
06 ago 2010 2 comentarios
in el primer capítulo Etiquetas: dolor, espera, frustración, inútil, ira, rabia
¿POR QUÉ NO PUEDES SER TÚ?
MILENA JESENSKÁ
20 abr 2009 4 comentarios
in el primer capítulo Etiquetas: Arco, atracción, autoestima, cartas, correspondencia, dandy, díscola, dolor, emancipación femenina, Ernst Pollak, Franz Kafka, judío, liberal, Milena Jesenská, periodismo, Praga, Rawensbruck, refugiados alemanes, Stalin, traducción, traductora, Viena
17-11-2001] Por Eva Manethová
“Milena Jesenská nació en 1896, pero era una personalidad tan original y fuera de lo común que aún hoy en día chocaría con las convenciones sociales.
A esta hija de un catedrático de Medicina no le faltaban antepasados dotados de una vigorosa personalidad. Su padre, un extravagante dandy praguense, se enorgullecía de ser descendiente del célebre Juan Jessenius, rector de la Universidad Carolina a principios del siglo 17 y médico de cabecera del emperador Rodolfo II. Jessenius, el primer médico en realizar en Praga una autopsia, fue ejecutado en Praga en 1621 por haber participado en una sublevación de los estamentos protestantes checos contra la Casa de los Habsburgo.
Las relaciones entre el autoritario padre Jesenský y su díscola hija Milena eran bastante difíciles, porque ambos eran seres de carácter borrascoso. Por un lado, el profesor Jesenský era un prestigioso médico, pero, por otro, también un aficionado a los juegos de azar y un marido y amante infiel. Y es paradójico que precisamente él haya tratado de inculcar a su hija los principios de la honestidad y la economía.Tarea perdida de antemano.
Milena Jesenská estudió en el liceo para muchachas “Minerva”.Sin embargo, este centro docente, donde reinaba un espíritu liberal y favorable a la emancipación femenina, no estaba en condiciones de disciplinar el apasionado carácter de Milena.
El profesor Jesenský deseaba que la joven siguiera sus huellas y estudiara Medicina. Milena se matriculó en la Universidad Carolina, pero al asistir a la primera autopsia se desmayó y acabó por huir de la Facultad de Medicina.
Milena se siente estupendamente en el legendario café literario praguense Arco donde se dan cita intelectuales judíos nacidos en Bohemia, pero que hablan y escriben en alemán: Franz Werfel, Max Brod y Franz Kafka. En el café Arco, Milena Jesenská conoce al funcionario de la banca, Ernst Pollak, del que se enamora perdidamente.
El chauvinista padre de Milena está fuera de sí: su hija se ha enamorado de un judío de habla alemana. Ante la furia paterna, Milena intenta suicidarse y después opta por un aborto clandestino. El padre Jesenský ya está harto y encierra a su hija en un sanatorio siquiátrico.
El profesor Jesenský no logró separar a Milena de Ernst Pollak y acabó por dar su consentimiento a la boda, pero bajo la condición de que la pareja viviera en Viena porque en Praga ya habían protagonizado más escándalos de la cuenta.
La pareja, habituada al derroche, disipó pronto la dote y el ajuar de la novia. Milena tuvo que dar clases de checo a las señoritas bien y cargar las maletas de los pasajeros en la estación de ferrocarril de Viena. Ernst Pollak, que pasaba la vida en los cafés vieneses, no tardó en traer al apartamento que compartía con Milena, a la atractiva Mici. Milena, que se consideraba progresista y enemiga de las convenciones sociales, aceptó la convivencia de los tres.
El matrimonio con Ernst Pollak era para Milena cada vez más doloroso y ella sentía que su autoestima mermaba más y más. Una mejoría se produjo cuando Milena empezó a escribir.Enviaba crónicas a periódicos praguenses y realizaba las primeras traducciones. Y fue precisamente la traducción la que la acercó a Franz Kafka.Al traducir sus cuentos, Milena Jesenská se dio cuenta de que Kafka era un gran escritor.
Milena Jesenská y Franz Kafka tenían rasgos comunes que propiciaban la atracción mutua, pero otras facetas de sus personalidades los separaban. Franz Kafka era un hombre prudente, cauteloso, estrictamente honesto… Milena Jesenská era una bohemia, disipadora y siempre dispuesta a violar las reglas con las que nunca se había identificado.
Los textos periodísticos de Milena Jesenská en el período de sus contactos con Franz Kafka, a principios de los años veinte, eran muy personales. Milena dijo una vez: “Todos mis artículos son cartas de amor”.
Cartas de amor a los lectores, y especialmente a uno de ellos -Franz Kafka- que seguía atentamente la producción periodística de Milena Jesenská y la apreciaba mucho.
El amor entre Franz Kafka y Milena Jesenská encontró su máxima expresión, sobre todo, en la correspondencia mutua. Los encuentros personales ya no eran tan felices. Después, el intercambio de cartas se suspendió durante meses.
Franz Kafka falleció de tuberculosis el 3 de junio de 1924. A Milena Jesenská no le sorprendió la muerte de su amigo porque ya lo había intuido.En una carta al escritor Max Brod, Jesenská había escrito todavía en vida de Kafka:
“Frank no tiene capacidad para vivir.Frank jamás podrá curarse.Es una persona obligada al ascetismo por su terrible lucidez, pureza e incapacidad de compromiso”.
A mediados de los veinte, Milena Jesenská se divorcia de Ernst Pollak y regresa a Praga donde se convierte en una estrella periodística en ascenso.Publica sus artículos en prestigiosos periódicos como Národní Politika y Lidové Noviny. Trabaja para la renombrada editorial Topic y traduce.
Milena Jesenská se casa con el arquitecto vanguardista Jan Krejcar, un comunista de salón, al igual que Milena. El matrimonio no dura mucho. La pareja se divorcia en 1934.
Para Milena, que mientras tanto se había hecho adicta a la morfina, comenzó una dura década. Jesenská empezó a colaborar con la prensa comunista, pero este trabajo no duró mucho tiempo debido a que la periodista no estaba dispuesta a reconocer la justeza de los monstruosos procesos montados por Stalin.
Milena pudo finalmente demostrar sus dotes periodísticos en la prestigiosa revista Prítomnost. Sus reportajes, artículos y reflexiones publicados en Prítomnost eran de lo mejor que crearía el periodismo checoslovaco de preguerra.
Entretanto, Milena Jesenská ayudaba a los refugiados alemanes, huidos de Hitler. Tras la ocupación de las tierras checas por las tropas nazis el 15 de marzo de 1939, Milena se sumó a la lucha clandestina contra los ocupantes. Fue detenida por la Gestapo en noviembre de 1939 y recluída en el campo de concentración de Rawensbruck.
Demacrada, aquejada de artritis y un doloroso eczema, en el campo de concentración Milena Jesenská contrae una grave enfermedad renal y fallece el 17 de mayo de 1944.
Los nazis arrojaron sus cenizas a un lago vecino a Rawensbruck.”
Esta mañana, camino del trabajo, iba escuchando la radio y oí su historia. Lo que más me ha llamado la atención de la, hasta ahora, desconocida para mí Milena, fue su espíritu libre. Al margen de juzgar si es un ejemplo a seguir o no, lo que hay que reconocerle, es que era una mujer que dejó huella, y a pesar de haber entrado en la órbita de Kafka, brilla con luz propia.

EN LA PLAYA
16 mar 2009 Dejar un comentario
in Se encuentra bien: está narrando Etiquetas: añoranza, agua, amor, dolor, ilusión, melancolía, perdón, playa, recuerdos
El momento más feliz de mi vida lo pasé contigo. Hemos pasado muchos, pero éste lo tengo guardado en un lugar especial y lo visito de tanto en tanto para que no se llene de polvo. Fue tan fugaz y hace tanto tiempo ya…
Como las cosas importantes de la vida, son insignificantes a ojos ajenos. Sólo importan a una misma, porque son cambios tan grandes y a la vez tan pequeños. Qué extraña materia la que forma las ilusiones: tiene tendencia innata a estirarse y encogerse. De repente alcanza tal envergadura, que no puedes ni albergarla en el pecho. Y se encoge al más mínimo contratiempo, dejándote dolorida.
Iniciaste la conquista con un “¿Sabes? Creo que no puedo vivir sin ti”. El viento, casi de huracán, de aquella tarde invernal en la playa, se terminó de llevar mi resistencia y a cambio me dejó el vértigo de tus palabras, que me mecían hasta el mareo. Mi cabello enloquecido, casi tanto como mi corazón, se empeñaba en no dejar que viera tu rostro, entregado por completo a las olas. Siempre has sido un ser de agua, nunca muy lejos de ella.
La suma de los días arroja un alto número. Pero mi recuerdo no se decolora. Ya no estás aquí. Me obligaste a extrañar tu presencia el día en que decidiste que ya no querías seguir sentado en la playa. Te comprendo, no te creas otra cosa. Que me duela es lo normal. Maldita melancolía que me recome el alma. Desde el momento en que te fuiste, mi pecho quedó vacío, pero desbocado, incapaz de recolocarse. La ilusión es elástica, pero yo no lo soy. A pesar de todo, te perdoné al instante. Ya lo sabes sin necesidad de que te lo diga. Si algo sabes hacer, es leer en mi mirada.
Ahora no soy más que otro miembro de un triste club, uno terrible, que nos reúne a los que en alguna vez nos dolió el corazón. Sí, encontré otro amor, encontré otra playa (sabes bien, que yo también estoy hecha de agua). Pero ni eras tú, ni era esa playa. Nadie ha podido superarte. Nadie creo que lo haga. No sé dónde estarás ahora, en qué playa, sentado tal vez junto a otro corazón que late por ti. Sólo te pido una cosa. Algo sencillo de cumplir: si le dices que la amas, que no sea una mentira.

Quiero olvidarte
30 dic 2008 1 comentario
in Se encuentra bien: está narrando Etiquetas: amor, dolor, nostalgia, olvido, pensar, sexo
No puedo evitar el pensar en ti. Y eso no me conviene. Pienso en ti, amor, como ves, en términos económicos. Y tú no eres una buena inversión. El coste por nada es demasiado alto. El precio, inalcanzable. Más me valdría olvidarme, pero es lo que tienen estas cosas, que se adhieren al ser equivocado de una forma tal, que no hay manera de despegarlas.
La sensación de que estás presente, se agudiza en las pocas ocasiones que mi cuerpo entra en ebullición, intentando imaginar tenerte entre mis brazos. Pero como siempre, para seguir la costumbre tristemente adquirida a través de los años, me toca, si quiero evitar volverme loca, calmar mi ansia, y renunciar. No estás. Simplemente eso. No quiero sexo nunca más.
Sin quererlo, vuelvo y vuelvo a la evocación, rescatando el primer recuerdo que en mi archivo guardo de ti. Cuando me doy cuenta de que ya estoy haciéndolo de nuevo, cierro el cajón de golpe, pillándome los dedos, alguna que otra vez. Pero a veces, el dolor en otra parte del cuerpo, puede aliviar el del alma. Si más no, al menos, lo distrae.
Ando por la tarde, rayana al crepúsculo. Entre las luces artificiales, la humedad del ambiente que mi abrigo no consigue frenar, el sonido irritante del tráfico, mi mente es una huerta fecunda en la que nacen las más variadas historias. Brotan como brillantes frutas, inspiradas en esos ojos con los que me acabo de cruzar, en la forma en que una pulsera de cuero ciñe la muñeca de un hombre, en ese perro que tira de su amo-niño… y de repente, surges tú. ¿Pero a ti quién te ha invitado? No te quiero en mi fantasía, porque sólo me haces daño. Y entonces el “te echo de menos” se agudiza. Nunca he podido enfadarme contigo en serio.
Y así pasan los días, inactivos, paralizados, vacíos de sentido, alimentando una esperanza condenada a muerte. Si al menos pudiera contabilizar en la gente que pasa por mi lado, los que poseen el mismo mal que yo, el consuelo seguiría siendo vano, pero al menos no estaría a solas con él. Y mientras tanto, sigo andando. Sé que cuando me pare, jamás echaré a andar de nuevo. Y hago planes absurdos para huir de esta ciudad, de esta provincia, de este país, de este mundo… sólo es fantasía. Sé que donde vaya, lo llevaré conmigo.

Gestión del dolor
17 dic 2008 Dejar un comentario
in Se encuentra bien: está narrando Etiquetas: ácido, cajas, cartón, dolor, ilusión, ternura
Esta mañana temprano, demasiado pronto quizá, me he dado cuenta de que tenía tanto dolor acumulado, que no sabía qué hacer con él. Se amontona por todas partes. Allá donde posaba la vista, encontraba un poco enganchado en la cortina del dormitorio, o sobre la mesa del comedor. Incluso en las palabras que llegan a mis oídos y en los mensajes acumulados en el contestador.
He decidido que no podía continuar así. Por muy resistente que sea el escudo con el que me proteja, alguna brizna de dolor traspasará siempre, y se asentará allá donde yo pueda verlo bien, haciendo saltar mis alarmas, para después, acostumbrarme a verlo ahí, y dejar que contamine mi alma con sus efluvios.
Todo consiste en gestionarlo bien. Como si un comerciante fuese, he pasado el resto de la mañana recogiendo briznas de dolor. Y almacenándolo en cajas que guardaré… aún no sé dónde. Algunas eran pequeñas, tan sólo ligeras decepciones, otras, verdaderas madejas que configuraban un estrafalario nido de lágrimas que ya se habían secado, y que dejaban un poso repugnante, como calcáreo, blanquecino… ¿todo eso lo he llorado yo?
En el suelo, a los pies de la cama, he encontrado un buen montón. Y también, trocitos de mí misma, y un pedazo del corazón, ya seco, resto extemporáneo, que me recordó porqué en ese lugar las madejas eran más grandes. Eso lo he tirado a la basura. Ya no me sirve de nada. ¿Acaso se guardan los trozos de una muela rota? Pero el dolor hay que ponerlo a buen recaudo. Si lo dejas suelto, acaba invadiéndolo todo, y te mira directamente a los ojos y en silencio. Cuando te das cuenta, ya no puedes respirar.
El trabajo ha durado hasta el crepúsculo. Los últimos restos, que han quedado adheridos a mi piel, se han ido por el desagüe de la ducha, arrastrados por el agua caliente, su depredador natural.
Lo que yo no sabía y acabo de descubrir, al mirar mis cajas de cartón ya llenas, es que nadie sobrevive a esta macabra cosecha. En fin… siempre se aprende algo nuevo. Como a mi corazón se le cayó un trozo, en cuanto pongo dentro un poco de ternura, se le escapa y después de escocerme por toda la caja torácica, se cae en el estómago y desaparece con el ácido. Lo que aún no había descubierto, era que el dolor acumulado que ahora está a mis espaldas, porque soy incapaz de mirarlo, me ha matado del todo. Porque yo no sabía lo que el dolor iba a hacer de mí. Y me ha convertido en lo que soy: alguien que ya no quiere renacer, alguien quien no quiere tener ilusión… porque el humo tóxico del dolor, te mata. Tal vez, debería haberme puesto a recoger antes…










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