La pequeña muerte

“No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos  arranca gemidos y qujidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.”

 

Eduardo Galeano

El libro de los abrazos.

 

 

 

J.G. Ballard

dibujo

http://www.informador.com.mx/cultura/2009/96641/6/muere-escritor-britanico-jg-ballard.htm

 

  • “J.G. Ballard nació en 1930

El autor de “El imperio del sol” falleció a causa del cáncer

INGLATERRA.- El escritor británico J.G. Ballard, autor de una prolífica obra de cuentos y novelas como “El imperio del sol” (1984) y “Milagros de vida” (2008), falleció este domingo, luego de una intensa lucha contra el cáncer, informó hoy su casa editora en México.

En un breve comunicado, el sello Mondadori, donde el año pasado publicó “Milagros de vida”, lamentó el deceso del autor y recordó que su literatura es una prosa sencilla y ebosante de sinceridad, que recorre momentos de su vida que influyeron en su escritura.

J.G. Ballard (1930-2009) escribió sus primeros entre 1956 y 1969 y se convirtió en uno de los autores de referencia de la llamada nueva ola de la ciencia ficción inglesa.

Sus obras son el reflejo de la problemática del siglo XX, ya sean las catástrofes medioambientales o el efecto en el hombre de la evolución tecnológica.

En su producción literaria descatan novelas como “El viento de la nada” (1962), “El mundo sumergido” (1963), “El mundo de cristal” (1966), “Crash” (1973), “El día de la creación” (1987), “Furia Feroz” (1988) y “Super-Cannes” (2000), entre otras.

Además de los cuentos “Pasaporte a la eternidad” (1963), “Playa terminal” (1964), “Zona de catástrofe” (1967), “Mitos del futuro próximo” (1982), “El día eterno” (1985) y “Fiebre de guerra” (1990), por citar algunos.

J.G. Ballard nació en 1930, en el Shangai General Hospital. Hijo de ingleses expatriados, durante los primeros años de su vida vivió en un asentamiento internacional situado en los suburbios del oeste de Shangai.

La invasión de China por parte de los japoneses y el estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa, lo llevaron con su familia al campo de concentración japonés de Lunghua.

Tal experiencia dio nombre a su obra “El imperio del sol”, ganadora del Guardian Fiction Prize y que más tarde llevaría al cine Steven Spielberg en su película homónima.

Sin perder nunca de vista su deseo de convertirse en escritor, estudió medicina en Cambridge durante un tiempo, sin embargo, abandonó sus estudios para alistarse en la Royal Air Force, con base en Canadá, donde cumplió su sueño de pilotar.

Cansado de los períodos de aislamiento a causa de la nieve, volvió a Inglaterra y se casó con Mary Matthews, con quién tuvo tres hijos.”

Yo le debo la novela “Crash”. Nada fue igual para mí después de su lectura.
D.E.P.
ballard21

ODETTE

 

El otro día, ví una película que me encantó.  Se llama “Odette, una comedia sobre la felicidad”. Ese es el título castellano, pero el original, tiene más miga: “Odette Toulemonde”, coincidiendo con el nombre y el apellido de la protagonista.

Os pongo el link, porque se explican mejor que yo:

http://www.filmaffinity.com/es/film507217.html

Como no estoy muy chisposa, no me extenderé en demasía. Simplemente os dejo la recomendación, y un pedazo del diálogo que mantienen Balthazar Balsan y su editor, que me llegó al alma:

B-No sirvo para eso. Cuando me hieren, me hundo.
E-Pues estamos apañados…
(el editor se levanta y pasea hasta Balthazar)
E-Eres demasiado sensible. Demasiado, francamente.Demasiado frágil.
B-(con lágrimas en los ojos)Si no fuera frágil… ¿cómo habría podido escribir?

Una delicia. En serio.

 

No era ésta, pero me sirve.

Como las palabras no acudían a él, decidió ir a buscarlas. Arduo asunto ese, el de perseguir a una musa huída, más aún, cuando podía haber tomado cualquier dirección, e incluso el autobús. Si tenía carné, igual había robado un coche…

Por el camino, iba repasando los nombres de todas ellas: Calíope, Clío, Melpómene, Talía, Euterpe, Polimnia, Erato, Urania, y la del nombre raro… Terpsícore. Era un buen ejercicio de memoria,  pero por mucho que lo repitiera una y otra vez, las chicas se reían de él, y huían más lejos. La culpa, suya, claro, por intentar desafiar a tan vengativos seres… creídos y volubles.

Siempre hallaba consuelo en una librería. Allá donde ellas hubieran estado alguna vez, se podía percibir su perfume, su lírico rastro. Entre las páginas de cualquier libro, podía encontrar alguna frase, algún párrafo donde percibir un eco de su risa burlona y encantadora, una caricia de su presencia remota.

Y se dirigió a pie hacia su establecimiento favorito, a ver si veía a su musa, parada en un semáforo. Si la encontraba, el perdón sería inmediato. Lo tenía muy claro. Lo que fuera, con tal de provocar su vuelta.

Allí dentro, un centro comercial, un lugar, acogedor  e inhóspito a partes iguales, se dirigió hacia la parte de librería del enorme recinto. En sus pasillos, perseguiría con obstinación los títulos de los libros, hasta dar con el que le diera el poder de convocar de nuevo a la musa adecuada, el que le proporcionara el arma de cercenar de una vez la cabeza del bloqueo paralizante.

Paseó sin descanso, aprendiéndose de memoria la posición de cada libro, hallando errores en la ordenación alfabética de los mismos, despiste de algún empleado. Rememoró pasajes que ya conocía y que tanta compañía le habían  hecho en momentos cercanos a la locura por desesperación, por amor o por agobio… daba igual.

Absorto en encuadernaciones, en libros de bolsillo, en ediciones especiales, en miles de colores de las flamantes portadas, acabó exhausto. La cabeza embotada, las piernas doloridas y las gafas empañadas del calor. Se sentó en un pequeño banco, dispuesto a recuperarse en un momento para proseguir la búsqueda.

De repente, una voz sonó a sus espaldas. Una chica con chaleco verde y amarillo y un brillo especial en sus ojos, le dijo:

-¿Puedo ayudarle?

Él sonrió. En la chapa que lucía en su chaleco, relucía su nombre: Talía.

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