J.G. Ballard

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http://www.informador.com.mx/cultura/2009/96641/6/muere-escritor-britanico-jg-ballard.htm

 

  • “J.G. Ballard nació en 1930

El autor de “El imperio del sol” falleció a causa del cáncer

INGLATERRA.- El escritor británico J.G. Ballard, autor de una prolífica obra de cuentos y novelas como “El imperio del sol” (1984) y “Milagros de vida” (2008), falleció este domingo, luego de una intensa lucha contra el cáncer, informó hoy su casa editora en México.

En un breve comunicado, el sello Mondadori, donde el año pasado publicó “Milagros de vida”, lamentó el deceso del autor y recordó que su literatura es una prosa sencilla y ebosante de sinceridad, que recorre momentos de su vida que influyeron en su escritura.

J.G. Ballard (1930-2009) escribió sus primeros entre 1956 y 1969 y se convirtió en uno de los autores de referencia de la llamada nueva ola de la ciencia ficción inglesa.

Sus obras son el reflejo de la problemática del siglo XX, ya sean las catástrofes medioambientales o el efecto en el hombre de la evolución tecnológica.

En su producción literaria descatan novelas como “El viento de la nada” (1962), “El mundo sumergido” (1963), “El mundo de cristal” (1966), “Crash” (1973), “El día de la creación” (1987), “Furia Feroz” (1988) y “Super-Cannes” (2000), entre otras.

Además de los cuentos “Pasaporte a la eternidad” (1963), “Playa terminal” (1964), “Zona de catástrofe” (1967), “Mitos del futuro próximo” (1982), “El día eterno” (1985) y “Fiebre de guerra” (1990), por citar algunos.

J.G. Ballard nació en 1930, en el Shangai General Hospital. Hijo de ingleses expatriados, durante los primeros años de su vida vivió en un asentamiento internacional situado en los suburbios del oeste de Shangai.

La invasión de China por parte de los japoneses y el estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa, lo llevaron con su familia al campo de concentración japonés de Lunghua.

Tal experiencia dio nombre a su obra “El imperio del sol”, ganadora del Guardian Fiction Prize y que más tarde llevaría al cine Steven Spielberg en su película homónima.

Sin perder nunca de vista su deseo de convertirse en escritor, estudió medicina en Cambridge durante un tiempo, sin embargo, abandonó sus estudios para alistarse en la Royal Air Force, con base en Canadá, donde cumplió su sueño de pilotar.

Cansado de los períodos de aislamiento a causa de la nieve, volvió a Inglaterra y se casó con Mary Matthews, con quién tuvo tres hijos.”

Yo le debo la novela “Crash”. Nada fue igual para mí después de su lectura.
D.E.P.
ballard21

JUVENTUD, DIVINO TESORO

 

Hoy, nos saltaremos la parafernalia de la presentación, y el origen de la cita, que por cierto, oí en la radio.

“La juventud es inmoderada en sus deseos”

EMILE ZOLA.

 

En fin… pues qué vamos a decir, que tiene razón. De hecho, creo que es uno de los pilares básicos de la juventud. O tal vez sólo una consecuencia. Aquí hay tema para debatir. También hay jóvenes mucho más juiciosos que muchos adultos. Hay de todo, como en botica…

El otro día, escuché en la radio, una entrevista a Agustín Fernández Mallo, un escritor joven, autor de la aclamada “Nocilla dream”, que acaba de publicar la segunda parte “Nocilla experience”. Fernández Mallo, charlaba amigablemente con el locutor, el cual, con los apuntes en la mano, y los deberes hechos, se afanaba en encuadrar su obra, en desmenuzarla, en comprenderla, en buscarle conexiones, y no cesaba de admirarse. Fernández Mallo, afable, colaboraba en todo. Lo que más me sorprendió, es que no se molestara cuando el locutor abiertamente dijo que pertenecía a una generación de escritores que no usaba el lenguaje como un instrumento sino que más bien era un estorbo para expresarse. Eso, a casi cualquier escritor, le hubiese jorobado, con perdón de la expresión. Pero él no. No recuerdo que se incidiera mucho más en el tema, pero a mí me sorprendió que me abrieran los ojos para darme cuenta de que nos hemos liberado del yugo de la forma para dar rienda suelta al contenido.

A ver… lo que quiero decir, es que me cuesta mucho admitirlo. (A mí, educada en la espartana idea de que hay que tener unos mínimos bastante altos para poder hilar algo con sentido, y que eso muchas veces ha supuesto un freno en mis ansias de que lean lo que yo escribo). Me cuesta el liberarme de la gramática, la ortografía y las faltas a la misma como si faltas a la Verdad fueran…

No quiero decir con eso que Fernández Mallo escriba mal o con faltas. No escondo el hecho de que no he leído nada suyo, como él no ocultó en la entrevista que cita y se inspira en “Rayuela” de Cortázar, a pesar de no haberla leído, sólo hojeado. Mi pregunta es: ¿Sólo pueden escribir los eruditos, los poseedores de un sillón mayúscula en la RAE, los especialistas en la materia…?  ¿o podemos intentarlo todos a pesar de no tener un culturón que tira de espaldas, simplemente respetando unos mínimos? No sé qué decir…

Bueno, en realidad, sí que lo sé. A pesar de estar vigilada por el ojo incansable del lenguaje, al fin y al cabo, escribo lo que y cómo me da la gana, no tengo ni tendré un sillón en la RAE, no ganaré Nobel ni Pulitzer alguno, pero aquí estoy, dándole a la tecla/bolígrafo desde la tierna edad de once años… ¿Se me permite acogerme a la filosofía de la liberación del yugo del lenguaje sin que suponga escándalo ni sonrojo alguno? ¿Peco de blasfema como tantos otros que incluso lo dicen por la radio?

Yo lo que sé, es que todos tenemos derecho a expresarnos y a que salga algo medianamente coherente, que luego ya le gustará a alguien, suponemos.

Desde aquí, mis respetos a Agustín Fernández Mallo y a la RAE, que tanto me han ayudado en la elaboración de este post.

Buenas tardes a tod@s.

Se vende escritor galardonado

Aquella tarde de invierno, Julia le había encargado hacer la compra. Odiaba ir al supermercado. Pero había que comer, y él tenía la tarde libre, no como ella. No tenía excusa.

   Cuando se pudo despegar de la pantalla del ordenador, arrastró su pereza hasta la percha de los abrigos, situada en el recibidor de la casa, y se metió dentro de su anorak negro. El olor de los restos de colonia masculina pegados en las solapas, contrastaba con el olor a tabaco recién fumado que impregnaba su jersey de cuello alto. Una mezcla de olores conocida, tanto que se le hacía cansina y aportaba a la tarde un poco más de empacho existencial. Debería cambiar de colonia.

   El aire frío de la calle le espabiló un poco. Al abrir la puerta del patio, le recibió arañando sus mejillas con saña y una humedad pegajosa, y obligó a que su piel, aletargada por el calor de la casa, se despertara. Le vino bien para desembotar la cabeza, recocida de siesta mal despertada y atontamiento de pantalla. Uno no podía hacer mucho más un sábado por la tarde solitario, desparejado y tristón, hastiado hasta de sí mismo. Sobre todo, de sí mismo.

   Dentro del coche, había un silencio hueco. Todo lo que tocara estaba frío y encontró que era un habitáculo bastante inhóspito comparado con su sofá.
 
   No había mucho que hacer. Un mal día, era un mal día. Y era un mal día simplemente por el aburrimiento, por no saber estar consigo mismo, cosa que tras años de conocerse, no había logrado aún. La llamada de Julia tampoco contribuyó demasiado: Hola cariño ¿cómo estás? ¿Ya que sales, me podrías comprar la crema, que se me ha terminado?

   Nunca entendería porqué esa crema sólo se vendía en un único punto de la ciudad. Quisiera o no, acabaría en el centro comercial. Tal vez tuvieran contrato en exclusiva sobre la venta, pero en pleno siglo XXI, donde el comercio era uno de los embrollos más sustanciosos del planeta, seguía sin ofrecerle la comodidad que representaba la perfumería del barrio… Pero querer, no quería ir. Y tampoco quería, ya que hablaba de querer, aguantar a Julia aquella noche. Porque ya le había amenazado con que quería salir. Y beber, y bailar. Y después querría sexo. No quería salir. Había días para salir y otros para acurrucarse en sofá y retomar la siesta, justo donde la había dejado. Sin ni siquiera tener la obligación de echar un polvo. Simplemente dormitar, mientras en la tele echaban algo realmente malo. Cuanto más malo, mejor. Pero el entusiasmo de Julia, arrollador, como toda ella, arrambló con sus esperanzas, sin ni siquiera tener la oportunidad de decir ésta boca es mía. Se conocían demasiado bien. Ella le conocía demasiado bien.

   No quería salir aquella noche. Y después de reflexiones como aquella, se daba cuenta cruelmente para él mismo que tampoco quería haberse casado. Quería a Julia. Que no le gustara la vida de casado no significaba que no la amase. Sólo que a veces, no tenía ganas de ir a buscar su crema a un centro comercial lleno de gente, y la colisión entre lo que quería y lo que debía, o pensaba que debía hacer, a veces, era insoportable. Nunca lo diría, porque era una persona muy complaciente. De asertivo tenía poco, y de inteligencia emocional y demás manuales sabía menos. Odiaba tener que salir aquella noche, pero odiaba más disgustar a Julia. Y a la vez se recriminaba el ser un calzonazos y aguantar a Julia y a Pepito Grillo, era demasiado para él en una farragosa tarde invernal.

   Eran la siete. Pronto para todo, tarde para todo. A las seis, aún te quedaban las siete. A las siete, no te quedaba nada. Condujo a lo largo de toda la calle desierta con un solo acelerón. Era curioso: en los barrios, los fines de semana, parecía que había tenido lugar un ataque nuclear: negocios cerrados, aceras desiertas, bares vacíos. Todo el mundo se refugiaba en casa como si la inhóspita atmósfera de invierno les hubiese castigado a pasar una tarde eterna y pastosa que parecía no tener fin. Pero los centros comerciales… nuevos templos de la era moderna, antónimos de los barrios de toda la vida, tan rellenos de gente que reventaban por las costuras… bueno, entonces, por uno más…

   Aguantó el atasco de entrada al parking con la estoicidad que le daba la mala leche. Sorteó columnas asesinas y conductores aficionados a las carreras de rally, hasta que encontró un hueco, de milagro.

   Todas las construcciones de aquel tipo le recordaban a una nave espacial. Un ovni que cuando hubiese recogido suficientes especimenes humanos, echaría a volar y se internaría en las estrellas. Y a ver quién le quitaba la razón, subiendo una rampa mecánica de unos veinticinco metros de largo, rodeado de bombillitas halógenas, que invadían el paisaje como el acné la cara de un adolescente. Lo peor de un centro comercial en invierno, es sin duda, el aire irrespirable. Cinco grados en el exterior, veintisiete en el interior. El cuerpo comenzaba a empaparse de sudor bajo las fibras sintéticas, el nylon, la lycra y toda esa suerte de tejidos con y que protegían el cuerpo del frío del invierno. Al final de la escalera, el olor a colonia revenida, a tabaco y a humanidad, provocaba náuseas.

   Una cortina de aire situada justo en la entrada de la galería comercial, le espabiló un poco, a tiempo de ver algo que no esperaba: nada más cruzar la primera línea de marciales arcos magnéticos, encontró una especie de mini escenario, un podium que sonaba a hueco cuando era pisado por algún zapato.
  
   No todos los zapatos eran dignos de pisar aquel cubículo de contrachapado recubierto de moqueta, porque en realidad, no era un escenario: era un estuche. Y lo que guardaba en su interior, muy valioso. Demasiado valioso para estar allí.
  
   Contempló con una mezcla de asombro e incredulidad al ganador del Premio Literario Anual, y al finalista, esperando que alguien se acercara con un ejemplar de sus libros para firmárselos.

   Había leído el libro del ganador. Cuando lo terminó, hacía ya algunas semanas, aún no se había fallado el premio. El nombre del autor, sonaba con fuerza en las quinielas que sobre el tema se barajaban, y finalmente, tras unos días de dimes y diretes, salió su nombre, emergiendo glorioso entre todos los demás. La cuestión, no estaba exenta de polémica, claro, como en todas éstas vicisitudes. Unos se proclamaban totalmente a favor, y otros, totalmente en contra. A unos les parecía lo más de lo más, y otros, abominaban de su obra. Además, estaban las cuestiones políticas… el autor nunca se había posicionado, aunque tal vez por eso, los dos lados de todo miraran su obra con cierta suspicacia.

   Y lo que impactaba de la escena, era encontrarse con un escritor famoso, galardonado y, qué puñetas, bueno, en un centro comercial un sábado por la tarde, expuesto como si fuera un bolso o un paquete de jamón en lonchas. De hecho, se quedó un momento parado, incrédulo, hasta que una señora al pasar por su lado, le dio un codazo, y le hizo volver a la realidad. Desde luego, no le parecía bien que estuviese allí. Le parecería muchísimo mejor que estuviera en una librería, en un centro cultural, una sala de exposiciones… pero ¿un centro comercial? Por favor, que aquel hombre le había hecho llorar con su libro. Hasta un día le pilló Julia lagrimeando y le valió un achuchón por sensible…

   Cuando el tío trajeado de la entrada comenzó a mirarle mal, echó a andar. Sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía qué. No todos los días se encontraba uno con un escritor al que admiraba, en un lugar demasiado accesible, como era aquel. Las exigencias promocionales del organismo que entregaba el premio, podían ser muy crueles… Pasó justo por el lado del catafalco, precariamente protegido por unos cordones de seguridad de color rojo encendido, que no hacían juego alguno con el terciopelo rojo vino que cubría la mesa. Y no pudo evitar volver la cabeza para mirarle. El escritor, un señor de mediana edad, de más mediana que menos, estaba enfrascado con el finalista en una conversación, que por suerte, parecía mantenerles ajenos a todo lo que les rodeaba, gentío que les ignoraba, luces demasiado brillantes, escaparates de perfumería a sus espaldas… ni siquiera en la sección de libros los habían expuesto. Alguien había considerado que en la puñetera puerta estaban bien. Pasó a un metro escaso de él, en dirección a la crema de Julia. Eso le daría un tiempo de reacción. Aún no tenía decidido qué hacer, pero algo había que hacer, porque no podía uno dejar pasar la oportunidad de poder ver a uno de sus autores favoritos. Pero… ¿qué decirle? “Mi mujer me pilló llorando con uno de sus libros y la enternecí tanto que nos dimos un revolcón”: No… mejor que no. “Me encantó su libro”: Por favor… eso no le sonaba bien ni a él. No tenía ni idea… por otro lado, tampoco quería ir a que le firmara un ejemplar de un libro que ya tenía, cargado con la crema de Julia. A pesar de que uno fuera allí a comprar cosas, no a relacionarse con gente importante del mundo de la cultura, no se permitía semejante falta de respeto. Quería que el autor supiera que su libro era uno de los mejores que había leído nunca, pero no quería hacerlo allí, y no quería hacerlo haciendo cola, inexistente, por cierto, entre guardias de seguridad, ayudantes estresadas, armadas con móvil y agenda, y la plana mayor de la sección perfumería mirando. Era superior a sus fuerzas.

   Esos pensamientos le habían ocupado todo el tiempo que se tardaba en dar una mísera vuelta en círculo a toda la planta baja. En la sección complementos, reclamaban con urgencia a la señorita Moliner, que o no estaba, o no le daba gana de ir. Familias de España, peleándose por los pasillos, adolescentes probándose pulseras unas, robándolas otras. Bolsas de plástico con el visual logotipo del centro paseándose por todas partes, colgadas de manos que pertenecían a personas que ni siquiera habían percibido, o les daba igual, que un señor que había escrito un libro que a él le había emocionado, estuviese expuesto en la puñetera puerta…

   Y otra vez pasó por delante de él. Y del finalista. Esta vez, se fijó en algunos detalles, más que nada, por darse tiempo. Gafas de montura al aire, jersey verde oliva, pulcramente colocado sobre una inmaculada camisa blanca, canas, muchas canas… esta vez, miraba al frente, y el finalista también. Sin duda, la conversación, o no había dado para más, en términos de comunicación, o simplemente de profunda no tenía nada, y se había instalado un silencio incómodo entre ellos, porque haber quedado casi a la par en semejante concurso, no les daba la confianza suficiente como para mantener horas de conversación. Con más razón, si aquellas firmas de ejemplares, se extendían por toda la geografía del país, en un periodo de tiempo relativamente corto. Al pasar por su lado, se miraron durante un segundo.

   La mirada del escritor, le puso un poco nervioso… el contacto visual, como forma de comunicación más íntima aún que las propias palabras, era demasiado personal, para alguien que no conocía. A ver, el escritor estaba expuesto allí para que le miraran, sin duda. Además de firmar libros, claro, pero le seguía pareciendo demasiado íntimo. Y si el finalista, que sin duda lo conocía más que él, ya no tenía nada más que contarle ¿qué podía comunicarle él? Más bien nada… Entonces, ¿merecía la pena acercarse y que le firmara un libro? Ahora que caía, no tenía libro a mano que firmar. Porque al menos, la organización, había tenido la deferencia de no poner a ambos lados del podium, dos pilas de libros con una caja registradora en medio. Eso significaba, que tenía que ir a la planta sexta, comprarse el libro, bajar, reunir el valor para acercarse y que le firmara el ejemplar. Además del bochorno que supondría no comprar el libro del finalista y que se lo firmara también. Sin duda, se merecía también que alguien comprara su libro aunque hubiera quedado segundo…

   Estos nuevos, aunque no tanto, pensamientos, le habían ocupado otra vuelta completa a la planta de abajo. Y la cosa ya empezaba a oler, porque el de seguridad seguía mirándole mal… decidió ir a comprar el puñetero bote de crema. Pensaría mientras tanto qué hacer. Justo detrás del catafalco, una chica guapísima le atendió gustosamente con una sonrisa, aunque en esas situaciones, se encontraba ridículo, pensando que la dependienta pensaba que la crema con oligoelementos extraídos de los fondos marinos del pacífico sur, que te dejaban la piel como el culito de un bebé, eran para uso personal del cliente y no para su señora. Como tenía el escritor a poco menos de tres metros, ésta vez no le dio importancia a lo que la dependienta pensara.

   Joder… bueno, algo tenía que hacer… pagó la crema, bajó a la planta del supermercado, realizó las compras que le quedaban, lo llevó todo al coche, volvió a subir a la planta sexta… estaba ya medio asfixiado cuando por fin, con el ejemplar del libro en la mano, bajaba el último tramo de escalera mecánica, abarrotada de gente.

   Aunque se pusiera colorado como un tomate, sacaría fuerzas de flaqueza y se acercaría. Casi tenía decidido no decirle nada, simplemente, plantarle delante el libro y pedirle un autógrafo con una sonrisa y por favor. El finalista… cuánto lo sentía por él, pero o bajaban el precio de los libros, o la tontería de comprarlo repetido sólo lo hacía por uno de los dos. Bueno, el del finalista, no lo había leído, pero se lo pediría a Julia por Navidades, que estaban a la vuelta de la esquina y así le ahorraba el adivinar qué quería. No le diría nada que no fuese pedirle un autógrafo. No le diría cuánto le había gustado, ni que le había encantado, ni que se sentía muy identificado con el protagonista, ni que a su padre, tiempo atrás, le había ocurrido lo mismo que a uno de los personajes de su libro, ni que estaba encantado de haberle conocido, puesto que no era verdad. No lo conocía.

   Casi suspiró de alivio, cuando al bajar por fin, el último tramo, esquivar una cola enfrente de una joyería, atravesar de nuevo el pasillo de perfumería, recibir otro codazo de una señora, y percibir con horror que le estaba abandonando el desodorante, encontró el podium vacío.

   Sólo quedaban dos carteles de metro y medio de alto con las portadas de los libros, y dos sillas vacías, tras una mesa cubierta de terciopelo rojo vino. Ni guardias de seguridad, ni empleados privilegiados, ni ayudantes personales estresadas. Allí no quedaba ni Dios. Echó por instinto una mirada a su reloj: las nueve en punto. Lógico.

   No sabía cómo se sentía. No era desilusión. Era casi alivio. Se había quitado un peso de encima…

   El atasco para salir fue memorable, casi tanto como el de entrada. Encontrar sitio para aparcar, tampoco fue tarea fácil. Y por fin, cargado hasta las trancas, sudado, cansado, con dolor de cabeza, pero relativamente de buen humor, entró en casa.

-¿Hola?- dijo una voz femenina desde el fondo del pasillo.
-Hola, soy yo. Llego ahora de comprar…
-Estaba preocupada…
-Es que había mucha gente. Por cierto, ¿sabes a quién he visto en el centro comercial…?

 

maniquies

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