Expedición al infierno 5: Los puentes de carne.

El infierno es esto… es dejar al descubierto todas nuestras faltas, mirarlas de frente, aceptar que las tenemos, e incluso que disfrutamos de ellas. No valen hipocresías: somos así. Y hallamos un placer perverso en reafirmarlas, disfrazándolas en ocasiones de virtudes, para agasajar a ese gran enemigo que es nuestro ego. Así lo justificamos, lo aplacamos, le damos lugar preferente, lo convertimos en excusa, en fin último. Nos hiere y ahí estamos, a su servicio. Nos pasamos la vida empujando a los demás para hacernos hueco, ¿para qué? para en numerosas ocasiones, pasar desapercibidos. Y eso nos ciega de rabia e ira, alimentándolo más. Nadie da nada por nada, esa es la idea extendida. Siempre hay un interés oculto. Es un dogma. Y un estigma para aquellos que se suicidan una y otra vez dando lo mejor de sí a cambio de nada. Existe. Esa gente existe. Pero se equivoca… y lo sabe.

De repente, me encontré fuera de nuevo. El paisaje era tan bello que me hizo caer de rodillas: un hermoso valle entre montañas, en el fondo del cual, discurría un río de aguas tranquilas y profundas, tanto, que eran casi negras, aunque no las percibía como una amenaza, a pesar de hallarse a cientos de metros de profundidad, acomodado entre paredes rocosas. Al fondo, una fecunda cascada, las alimentaba. Aquel paisaje era una obra de arte viviente.

Cruzado en varios puntos por unos largos y estrechos puentes, había gente que cruzaba. Desde mi posición, se veían diminutos como hormigas. Y un rumor sordo llenaba el espacio. Me acerqué a uno de esos puentes. Aunque el más próximo se hallaba a kilómetros, conseguí llegar en pocos pasos.

El puente estaba hecho de carne. Carne humana. Estaba vivo. Descubrí lo que había sido una figura humana, estirada hasta formar un grotesco arco que cruzaba el cañón en toda su anchura. Sus dedos estirados hasta medir varios metros, se agarraban precariamente a la roca. Sus pies, clavados en la otra orilla, se fundían con la tierra. La cabeza, deformada e incrustada entre unos hombros retorcidos sobre sí mismos, albergaba una expresión hueca y congelada en una mueca terrorífica, con la boca desencajada y los ojos a punto de caer de unas órbitas inflamadas. Todas y cada una de sus vértebras, cruelmente separadas las unas de las otras, parecían baches en el camino de una espalda cuyas costillas estaban dispuestas longitudinalmente y se partían con un seco chasquido al ser pisadas por los transeúntes.

Uno de los peatones, a pocos metros de mí, se detuvo en la orilla. Frente a la criatura, no había más que vacío, y al fondo, el río. Mi propia adrenalina me dio una inesperada descarga al ver cómo el ser dio un paso hacia el vacío. Pero en lugar de caer, sus pies se clavaron en la tierra de la orilla y su cuerpo comenzó a estirarse. Oí sus gritos, acompasando el crujir de huesos, el descoyunte de cada articulación, el agrietamiendo de la piel. Se estiró de forma imposible, retorciéndose para formar un leve arco de unos cincuenta metros, mientras esa expresión de terror hueco se instalaba, y su débil quejido se unía al rumor del valle. Quedó allí, gimiendo, triturado, convertido en un puente humano que no tardó en ser pisoteado por otras criaturas, no teniendo en cuenta que era, que seguía siendo un ser vivo. Las criaturas lo utilizaban para pasar al otro lado del río, ignorando su sufrimiento, ignorando su dignidad, con sus gemidos y sus genitales expuestos en el retocimiento del cuerpo, pisoteados al paso poco cuidadoso de los viandantes.

¿Por qué este sacrificio si no hay recompensa? Cuando las fuerzas les fallaban y sus dedos no podían agarrarse más a la roca, caían al río como caería una cuerda, retorcidos, vapuleados, estirados e inservibles. Y nadie lo lamentaba. Sólo el rumor de sufrimiento se debilitaba un poco.

Sentí que si me situaba al borde del precipicio y estiraba los brazos, sería uno más de esos puentes. Así que eché a correr en dirección opuesta, con los oídos infectados por aquellos lamentos…

 

Expedición al infierno 3: la habitación gris.

Todo ha cambiado. Ya no queda nada del paisaje que te describía anteriormente. Variaba sin descanso, pero era parecido. Ahora hay algo totalmente desconocido para mí.

Creo que estoy dentro del edificio.

Desde fuera, era una construcción simple y sólida. Una especie de cubo con algunas ventanas. Lo veía a kilómetros de distancia, o eso calculo.
No sé cómo he llegado aquí. Sólo sé, que me dormí sobre la línea roja, después de mucho andar. Y lo que vino después, está confuso en mi mente. Creo recordar que la línea roja comenzó a rodear mis tobillos lentamente. Luego, subió por mis piernas, y comenzó a aprisionarme dentro de una madeja. Fue una sensación aterradora, porque yo estaba dormida, sabía que estaba dormida, pero lo veía todo y no conseguía despertarme. Traté de gritar, pero mi cuerpo estaba dormido y no me respondió. Mis músculos no se movían, mi garganta no emitía ningún sonido. Sólo podía quedarme allí, temiendo que hubiera llegado el fin de mi expedición.
No sé en qué momento dejé de ser consciente de lo que ocurría. Lo único que sé, es que todo se oscureció.

He despertado en una habitación de techo y paredes rugosas y grises, sin ventanas. No hay ninguna lámpara o cualquier otro artefacto que genere luz. Pero puedo verlo todo. Hay una puerta, bueno, más bien es una oquedad sin puerta. No veo lo que hay al otro lado. Me asusta acercarme, pero es la única salida. La elección está clara.

Lo que más me apena, es que ya no veo el inicio. Ya no veo el gran interrogante. Sé que ya no estás ahí. Antes, aún tenía la esperanza de que vinieras, pero creo que ya la he perdido. Sabía que el inicio del infierno, no era el que yo creía. El inicio del infierno está cuando uno se queda a solas consigo mismo y mira dentro, y es consciente de cómo se es y cómo se hacen las cosas. Aquí sentada en el suelo de la habitación gris, he pensado y pensado. He pensado que cualquier cosa que hago, tiene fallos. Que no puedo hacer nada perfecto. Y que pierdo en la competición siempre. No me molesto en competir, aunque a veces, ya sabes que hay que hacerlo. He pensado en que en realidad, el infierno ha estado presente siempre, mucho más cerca de lo que creía…

Toda mi vida me la he pasado luchando contra todo. Quizá por eso, ahora estoy aquí. Si me hubiera dejado llevar por la corriente, si hubiera sido más receptiva a todo lo que me ha rodeado sin estar permanentemente alerta y atenta, todo habría fluído con más calma. Pero desde siempre, todo ha sido lucha y más lucha. Y la peor batalla, siempre la estoy librando conmigo misma. Claro, con todo ese barullo ¿cómo voy a oír lo que dicen los demás seres? Imposible… Por eso, aquí, cuando me cruzaba ahí fuera con los habitantes del infierno, tampoco conseguía entenderlos: no hablo el idioma común a todo el mundo. Soy una discapacitada semántica. Y ahora es tarde para cambiar. Uno siempre se da cuenta de ese tipo de cosas: es tarde para cambiar.

A pesar de todo, trato de ayudar. Quizá busco mi redención. Quizá este juego va demasiado en serio, y más que una expedición al infierno, se ha convertido en un vertiginoso descenso, donde no hay donde agarrarse, y donde el final estará cuando me encuentre cara a cara conmigo misma. Lo noto en los huesos. ¿Sabes lo que más me asusta? Su duración. Quisiera acabar de una buena vez y encontrarme. Y preguntarme ¿por qué? todas las veces que hiciera falta hasta conseguir arrancar una respuesta coherente, una mínima explicación que resolviera el misterio de porqué me resulto extraña, porqué todo el mundo parece poder comunicarse, conectar con hilos invisibles de cariño, o complicidad, o entendimiento, y yo estoy ciega dando tumbos de un lado al otro.

Y sin embargo, me importa bien poco lo que los demás seres opinen de mí. Sé que nunca van a aprobar lo que hago o no hago. Así que ¿para qué molestarse?

Y estoy dividida… antes de que la línea roja me transportara hasta aquí, encontré a dos de esos seres. Uno le pegaba a otro. Le tiraba de los mechones del pelo, le retorcía uno de sus cuatro brazos, mientras los demás se agitaban agónicamente, castigaba sus costillas a patadas… yo grité para llamar su atención. Pero me ignoraba. Al final, cogí una piedra en forma de pirámide y se la arrojé. Salió corriendo, lamentándose. Pero el ser agredido me miró con sus ojos color amarillo y me gruñó algo, enfadado. Luego se fue, dando largos pasos con sus enormes pies. Y yo, me quedé desconcertada… la desaprobación me afecta y sin embargo no me importa su opinión. Es muy sutil, pero hay una diferencia. Y me hace sufrir.

He pensado demasiado hoy. Me he criticado demasiado hoy. He actuado demasiado hoy, demasiado para lo que soy capaz de soportar. Pero tengo que levantarme y salir por esa puerta. O lo hago, o moriré aquí. Y soy demasiado curiosa para eso…

 

 

“Una temporada en el infierno” J. A. Rimbaud.

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.

 Yo me he armado contra la justicia. Yo me he fugado. ¡Oh brujas, oh miseria, odio, mi tesoro fue confiado a vosotros!

 Conseguí desvanecer en mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda dicha, para estrangularla, salté con el ataque sordo del animal feroz.

 Yo llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas, para sofocarme con sangre, con arena. El infortunio fue mi dios.

 Yo me he tendido cuan largo era en el barro. Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura. Y la primavera me trajo la risa espantable del idiota.

 Ahora bien, recientemente, como estuviera a punto de exhalar el último ¡cuac! pensé en buscar la llave del antiguo festín, en el que acaso recobrara el apetito. Esa llave es la caridad. ¡Y tal inspiración demuestra que he soñado!

 ”Tú seguirás siendo una hiena, etc… declara el demonio que me coronó con tan amables amapolas. “Gana la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales”. ¡Ah! ¡por demás los tengo!

 Pero, caro Satán, os conjuro a ello, ¡menos irritación en esos ojos! Y a la espera de las pocas y pequeñas cobardías que faltan, desprendo para vos, que amáis en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas páginas horrendas de mi carnet de condenado.

http://www.elortiba.org/rimbaud.html

Expedición al infierno 2: la línea roja.

Es difícil hallar unos minutos sosegados para poder escribirte. Esta tarea que me he impuesto es dura, pero tengo que cumplirla. Si voy a cruzar el infierno, no puedo detenerme.
Estoy aprendiendo muchas cosas en el poco tiempo que estoy aquí. Bueno, siempre según mi percepción, puesto que como ya te dije, aquí el tiempo no puede medirse. He aprendido a no mirar con los ojos. Aquí hay que ver siempre lo que no es evidente, si no, el infierno te juega malas pasadas.

El paisaje sigue cambiando a su antojo, pero he descubierto algo para evitar caerme en cualquier precipicio o ahogarme en un mar de agua amarilla: el camino está marcado. Sí, sí…

Lo descubrí  cuando la tierra se estremeció y se agrietó a mi lado, y tuve que saltar y agarrarme al tronco de un árbol de color azul que había cerca. Con las piernas colgando y los brazos doliéndome, ví una delgadísima, apenas visible línea roja. Era del grosor de una centésima parte de un hilo de coser. Trepé como pude y cuando recobré el aliento, me senté a mirarla. No sé de que está hecha, pero intenté tocarla y mis dedos pasaron a través de ella como si fuera un haz de luz. Pero mi mano tampoco la interrumpió.

Es algo a lo que agarrarse. He de seguir mi instinto y no obviar esa línea roja. No sé quién o qué la ha puesto ahí. Tampoco sé si me llevará a un lugar seguro o me precipitará hacia mi final. Pero esa, es una duda que yo ya traía puesta. De hecho, estoy aquí para buscar respuestas que todavía no tienen pregunta. Te preguntarás cómo sé que he de seguirla. Y yo te respondo: ¿qué hago si no? Claro que no estoy segura, pero como te he dicho, no hay que mirar con los ojos.

Hay que prestarle mucha atención. Es tan delgadita que cualquier distracción hace que la pierda de vista, pero en mi interior, siempre estoy pendiente de ella. Si me concentro y busco con atención, vuelve a aparecer, marcándome el camino. Y yo echo a andar de nuevo, con la duda de si estoy haciendo lo correcto o no. Me he dado cuenta de que una parte del infierno, es tener que seguir adelante a pesar de la incertidumbre. Es algo muy tormentoso, hallarte rodeada de peligros, avanzar sujeta a un hilo apenas invisible y no estar segura de hacer lo correcto.

Hay algo bueno en todo esto: si sigo la línea, el paisaje cambia menos bajo mis pies. Parece que las catástrofes se producen con mayor frecuencia a ambos lados de la línea, pero no encima. Ahora estoy descansando mientras escribo esto, sentada sobre una piedra esférica de color verde, cruzada por la línea roja. No me aparto de ella. De hecho, ahora mismo, un prado lleno de flores de color cobre se acaba de hundir a la derecha y ha aparecido una cascada gigantesca que hace muchísimo ruído y me da algo de miedo. Pero yo estoy sobre la línea.

El edificio que parece ser mi meta, (o al menos la primera parada), parece que está quieto después de que yo descubriera la sutil línea roja. Estoy segura de que si la sigo, llegaré a él. Me da un poco de miedo descubrir qué hay ahí, pero debo ir. Quizá, al final, todo tenga un sentido, un mecanismo más o menos lógico. Pero no creas que eso me ayuda a disipar mis dudas sobre si hago lo correcto o no. Porque no sé si lo que voy a encontrar allí, me hará bien o mal.

Antes he dormido un rato sobre la línea roja, aprovechando que ha oscurecido. Me he quedado mirando unas curiosas nubes líquidas, dentro de las cuales se mezclan tintas de distintos colores con movimientos hipnóticos y he pensado en tí. Desde cualquier ángulo, puedo ver el gran interrogante a lo lejos. Sé que a ratos estás, a ratos no. Y cuando sé que no estás, me siento un poco más sola. A veces pienso que nunca debí informarte de este viaje, nunca debí darte a conocer estas reglas que cumplo, porque sé que las miras con incredulidad, y no te culpo. Si no hubiera creado en tí esa curiosidad, quizá estarías mejor. Y yo seguiría por el infierno sabiendo que nada te altera. El infierno me ha enseñado lo egoísta que soy. Perdóname.

Mirando las nubes líquidas, me he dormido y he soñado. Aquí se sueña muchísimo. Y los sueños son vívidos, tan reales… soñé que estabas allí conmigo, que habías decidido entrar. Pero cuando de repente la claridad volvió, me desperté de golpe. 

Bueno, debo continuar. Seguiré de nuevo mi instinto, con el castigo de no saber si hago bien o mal. Eso me atormenta, pero esto es el infierno…

 

Expedición al infierno 1

Hola.

Te escribo para contarte mis primeros pasos en el infierno.

Sé que no has querido venir porque este no era tu viaje, o eso dices. Sé que a lo lejos, aún estás dudando si venir o no. No importa, sabes que puedes unirte a la expedición cuando así lo desees. No hará falta ni que me llames, porque yo sabré que vienes. Ya lo verás.

¿Y cómo lo sabré? Es difícil de explicar, pero lo tendré claro. Aquí no hay arriba ni abajo, ni antes ni después. El tiempo no corre como en nuestro entorno habitual. Aquí baila a su antojo y no he visto ni un solo reloj en todo el camino. Te hablé de unos árboles que no había visto nunca antes, tras el gran interrogante de la entrada. No te lo vas a creer, pero acercándome, descubrí que me eran extraños a primera vista, porque están hechos de cristal. No es la única maravilla que hay por aquí. La vista te engaña. Bueno, la vista no. Quien engaña es el propio paisaje, que cambia constantemente. De repente frente a tí se extiende una llanura reseca, y al paso siguiente, hay una profunda vegetación, húmeda, oscura y protectora. Después de unos metros, muta en arena multicolor, como en aquel libro que no tenía fin. A veces me canso, lo reconozco. A veces, quisiera que fuera de noche más rato y poder dormir sobre un suelo estable que no fuera otro a cada momento. Pero esto es el infierno…

Lo habitan seres silenciosos. Bueno, silenciosos en apariencia. Cuando me ven, se quedan muy quietos, como conteniendo la respiración. Si los miro fijamente, se asustan y se esconden. Pero a veces, bastantes veces, no tengo ninguno a la vista, y los oigo gritar, hablar, reír, cantar, pelearse… hablan una lengua que no conozco. Pero si algo sé es que todas las lenguas, poseen entonación, y esta te permite averiguar en qué estado de ánimo se encuentra el emisor. Su característica más curiosa, es que siempre van solos. Se cruzan, interaccionan un poco y luego se van cada uno por su lado. He intentado comunicarme. Pero no me entienden. Se me quedan mirando como horrorizados y luego huyen. He desistido ya de cualquier intento. Bastante tengo con defenderme aquí de los precipicios que surgen a tus pies cuando unos segundos antes, había una montaña.

No hay ni sol ni luna. El viento a veces está, a veces no. Sólo hay claridad u oscuridad. Y no se alterna. A ratos está oscuro, a ratos no. Eso también agota. Cuando me canso mucho, calculo según mi propio concepto del tiempo, cuánto rato he estado andando y descubriendo, y me quedo quieta en el sitio, sentada en el suelo. Aunque siempre hay que estar alerta, no vaya a ser que se abra un volcán debajo de mí, o surja un lago repentinamente.

Hay un edificio a lo lejos. En realidad, lleva en el mismo punto desde que lo avisté por primera vez, al poco de entrar aquí. Es curioso… no se mueve. Por mucho que me acerque, siempre está a la misma distancia de mí. Mmmm…. creo que es una prueba. El entorno me está retando y yo tengo que ser lista. Sé que debo llegar allí para poder avanzar efectivamente. A veces, ando una recta larguísima que parte de un claro en un bosquecillo, y me doy la vuelta para medir la distancia recorrida. Cuando me giro para continuar, el claro está de nuevo frente a mí. No me fatiga porque sé que es normal aquí. Y si miro hacia adelante, ese edificio está allí, esperándome y creo que burlándose de mí.

Tengo que entrar para ver qué hay ahí.

Bueno, debo irme. Sé que me escuchas. Sé que sigues en la puerta, dudando si cruzar el gran itnerrogante. No tengas prisa. Tómate tu tiempo. Y si decides no entrar, no pasa nada. Cuando llegues, yo te estaré esperando para ayudarte a cruzar riachuelos y mares. Y no te dejaré caer. Ayer me caí yo y me hice una herida en cada mano. Pero como no hay tiempo, desaparecieron como si me hubiera herido mañana, siendo hoy. Lo malo es que tal vez, vuelvan a aparecer de repente…

Voy a ver si alcanzo a entrar en el edificio y te contaré cómo es. Si te gusta, ven.

 

Expedición al infierno.

He decidido hacer una incursión en el infierno. Y si me va bien, me gustaría quedarme allí.

Sé que el infierno no es como lo pintan. No hay fuego y lamentos de las almas atormentadas. No. Eso es una imagen de marketing que nos han vendido a todos. Les entiendo: había que buscar algo muy gráfico y comercial, impactante, que quedara en el subconsciente colectivo. Ya se sabe que la gran masa necesita de simpleza para recibir mensajes. También lo entiendo: recibimos tantos al día, que cuanto más cortos sean, mejor.

Según tengo entendido, el infierno es un lugar que comienza con un gran interrogante. Y eso ya, amilana a mucha gente. Sólo los que no temen, pueden entrar. Tampoco se ubica en ningún lugar en concreto. El infierno está dentro de cada uno. Y aunque es difícil conocer el propio, nada impide que podamos conocer otros. Siempre que nos lo permitan, claro.

En cualquier empresa que se emprenda, hay que seguir unas normas básicas. No son estrictas (salvo algunas, que si no se cumplen, se pone en grave riesgo la expedición). Yo he pensado las normas que tiene que cumplir todo aquel que quiera venir. En principio, voy sola, aunque no niego que me gustaría tener compañía para charlar. Y estas normas, son las siguientes:

 

nº1: Sé siempre quien quieras ser.  Hay que ser sinceros. Y no siempre es fácil ser sincero con un@ mism@. De hecho, parece un axioma muy obvio, pero creo que es el más complicado de todos.

nº2 Todas las preguntas tendrán su respuesta. Todas. Para saber hay que preguntar. No hay que tener miedo a no saber. Hay que tener miedo a no querer saber.

nº3 La verdad y la realidad coexistirán en el mismo plano. La realidad, lo que podamos percibir con nuestro cuerpo, no tendrá nada oculto. Será lo que tenga que ser, sin ilusiones ópticas ni trampas.

nº4 No se postergará ni la risa ni el llanto. Como cada uno será lo que quiera ser, el momento que haya que reír o llorar, se vivirá de este modo. No podremos aplazar el dolor ni la alegría, porque cada minuto, cuenta.

nº5 Se permite fumar, pero no sentirse sol@. En el peor sentido de la palabra. Una cosa es sentirse sol@, y otra, disfrutar de la soledad si es voluntad propia.

nº6 Es obligatorio formular al menos, un deseo al día. Porque las ilusiones son importantes para alimentar la curiosidad que nos llevará a dar un paso más.

nº7 Está totalmente prohibido dejar a nadie a su suerte. Nadie será abandonado. El que quiera marcharse, es libre de hacerlo. Pero todo el mundo aquí, será cuidado sin esperar nada a cambio. La seguridad es fundamental para alcanzar la libertad.

nº8 Mantened los fusiles alertados. Nunca se sabe…  Aquí me permití una bella licencia poética, que cogí prestada. Hay algunos sentires que nos pueden coger desprevenidos. Esto es el infierno.

nº9 Los silencios serán confortables. Estamos en paz. Si queremos decir algo, lo diremos. Si no, callaremos. Y no habrá una tensión que llenar con ideas vanas, no existirá la necesidad constante de una voz en los oídos. A veces con una mirada basta. Y a veces, no hace falta ni eso.

nº10 Ya estáis preparados para cruzar el infierno. Tan solo desearos suerte. Sed perseverantes, aunque no sepamos qué hacer cuando lleguemos al otro lado… Quizá nos quedemos, quizá a alguien no le guste y se vaya. No lo sé. Ya se verá, porque no tenemos prisa. Una cruzada así, no puede tener un tiempo límite ni una conclusión precipitada.

Quisiera que vinieras conmigo. Tras el gran interrogante, he podido entrever las copas de unos árboles que no había visto en la vida. Yo ya estoy en la puerta, a punto de entrar. No necesitas equipaje. Sólo querer entrar.

 

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.