sin objetivo fijo

Querido diario:

NO sabes cómo te odio. Odio el recurso facilón, resto de una adolescencia no superada, escaparate de mis debilidades, expuestas en tí a escarnio público.

¿Que porqué vuelvo a tí? Porque para eso te pago. Bueno, no te pago, te pego. Te pego retales de mis frustraciones en tus blanquísimas y pixeladas hojas electrónicas, ejercito mis dedos que adquieren ya por tu culpa una velocidad casi profesional. Aguántame un rato, que yo te aguanto a tí, espejito, espejito lindo.

Esta noche he tenido un sueño. Tenía un amigo. Hablaba con él. Y él me contestaba y charlábamos sin cesar. La gente a mi alrededor me miraba sorprendida. ¿Dices que hablas con él? Pero si hace años que murió… sí, sí, yo lo ví, llevaba un fino cordón blanco atado a la muñeca, que colgaba de un lado de la mesa del forense.

Me he despertado de golpe.

Y hoy no tengo objetivo. No hay nada grande que hacer. Nada que vaya a hacer que me sienta estupendamente bien, nada que me catapulte a la posteridad. Sólo pequeñas cosas, que son necesarias y las hago con cariño, pero no sacian ni un ápice a mi furioso espíritu.

Hoy no me soporto, no te soporto, querido diario. ¿Que porqué vuelvo a tí? Porque sin mí no existes. Sin tí… no sé. Sin tí existo sólo en segundo plano. Es más, te odio, porque me haces ver lo malo que hay en mí. Porque vuelco mis miserias, y las siento criticadas, cuando lo que necesitan es ser curadas.

Creo que es pronto para comenzar a lamentarse. Ya tendré tiempo después.

lamento

¿POR QUÉ NO PUEDES SER TÚ?

Hubo un tiempo…

Hubo un tiempo, quizá no muy lejano, en el cual, yo era capaz de escribir. Y de expresarme. Y en mi mente no había este torbellino constante que me impide pensar más allá de lo meramente práctico.

 Hubo un tiempo, reciente, en el cual, yo podía concentrarme en tareas que eran de mi agrado. Y no sólo pensaba en ocuparme de cosas básicas. Quita el cerco de café con la bayeta. No olvides comprar crema de limpiar zapatos. La necesitamos realmente…

Hubo un tiempo en que yo, era tres yoes. Identidad falsa tras identidad falsa, cobardemente creaba historias de la nada. Ahora ya no me queda material. Ahora sólo queda un paquete de cigarrillos vacío, y unos ojos que por desgracia, pueden ver lo que era antes de ser lo que soy. Había magia en mí.

 Nunca habia sentido con tal desesperación el paso del tiempo. Si tuviera que definirlo, diría que es como las primeras corrientes de aire frío invernal, que el día anterior no estaban, y de repente te rozan el brazo, avisando de que está ocurriendo, aunque tú no te des cuenta. Nunca había notado con tanta claridad la soledad más absoluta. Y lo que es peor, la búsqueda de no sé qué para aliviarla. Cualquier intento sólo evidencia la resistencia de esta enfermedad que ha de pasarse sin compañía alguna.

 Sonrío, río, busco… para no hallar nada. Y no sé quién quiero ser. Y lo que es peor: a nadie le importa quién soy. Oh, pero es normal… todo ha muerto menos mi gigantesco ego. De algo tenía que servirle ser tan fuerte. La esperanza también ha muerto. No se puede pegar un vaso roto. Ya no cumple su función.

 ¿Y qué es un humano sin esperanza? No lo sé. ¿Qué puedes ofrecerle a la belleza si no eres bello? ¿Qué puedes ofrecerle a la cultura si no eres culto?

 Escucho cientos de veces al día la misma canción, que me habla de lo que quisiera que ocurriera. Pero sé que no va a ocurrir. La diferencia es que hubo un tiempo en el cual creía que podría ocurrir, aunque no supiera de qué dependiera.

 Este tiempo es estéril, yermo, hiriente. Pero yo aprieto de nuevo el botón para que suene la música, y sé que nada más ocurrirá. Ahora lamento ser fuerte. Si no lo fuera, podría mitigar el dolor con química. Pero me niego. Y no sirve de nada. Se puede apostar y perder. Y perdida estoy. Probablemente así me quede.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.