LA TARDE QUE NUNCA TUVIMOS

Ahora que van a prohibir fumar en los bares, es previsible que cambien muchas costumbres. Esto, será bueno para nuestra salud, pero acabará con la vida social de algunos, y desfigurará brutalmente uno de mis mitos más bohemios: pasar una tarde de invierno en un pequeño bar, de charla, sin prisa, con café y cigarrillo tras cigarrillo.

Este pequeño relato va dedicado a tod@s aquello@s, que, como yo, han pasado tardes memorables de charla sobre una mesa con tapa de mármol, en las cuales se ha discutido sobre lo divino y lo humano, tardes que guardan buenos recuerdos, mientras el frío hace estragos afuera…

Como dice Carlos González “ De lo ilimitado del sueño nacen las más maravillosas realidades”, así que con cigarrillos o sin ellos, espero que aún me aguarden muchas tardes de estas de las cuales os hablo.

 

LA TARDE QUE NUNCA TUVIMOS.

“En la tarde que nunca tuvimos, tú me esperabas tras unos cristales velados de vaho de calor humano. Aún no habías decidido si estabas medio escondido o te mostrabas tímidamente. Aún no sabías si querías estar allí o no.

Entre tus dedos se te ofrecía un viejo libro de tapas gastadas y hojas amarillas, y tu mirada se perdía entre las letras.

La tarde que nunca tuvimos, era fría y oscura. Era un momento perdido en el tiempo, robado al frenesí que nos acoge.

La vieja madera de las sillas había acogido ya a muchos antes que a nosotros, y conocían de sobra el final de la tarde que nunca tuvimos, un final que tú y yo nunca sabremos.

Nuestras bocas hablaban sin medir las palabras, sobre las historia de las páginas viejas. La conversación que no se oía, era la que nos comunicaba.

La tarde que nunca tuvimos, sabía a café y a tabaco, olía a humo y a brasas. La tarde que nunca tuvimos fue eterna y efímera, dolía y aliviaba., plagada del recuerdo de estrellas y deseos.

La tarde que nunca tuvimos, la han tenido tantos otros tan parecida… pero nunca igual.

En la tarde que nunca tuvimos, hubo música para cantar, recuerdos que traer de nuevo, secretos que revelar.

La tarde que nunca tuvimos se enganchó en tu ropa y en tus manos, se enredó en mi cabello y permaneció para siempre en nuestros iris.

En la tarde que nunca tuvimos el ojo de la cámara que nos miraba retrocedió despacio, salvó el cristal velado y se alejó por la calle húmeda, dejándonos expuestos a otras miradas que nos quisieran ver.

Y allí quedamos tú y yo juntos, en la tarde que nunca tuvimos.”

LA INQUIETUD DE LA ESPERA

 

Decía Jane Lazarre que el aburrimiento es la máscara de la ansiedad. Y cuánta razón tenía. Hay desazones que no se curan con nada, y que hay que soportarlas hasta que se resuelva el conflicto que las origina.

Con los años, una va aprendiendo a atar corto al “lo quiero ya”, aunque el poso de inquietud no desaparece del todo. Es como un leve dolor de muelas, del cual no puedes olvidarte, o el ruído de la nevera, que siempre está aunque ya ni lo oigas. Y eso se evidencia con un aburrimiento supino, en el sentido de no encontrar satisfacción en nada, o ser incapaz de focalizar tu atención, y mantenerla.

Acontecimientos  próximos, muy próximos ya, (buenos en cualquier caso) me tienen así de suspendida entre el aburrimiento y la inquietud. Ains… me disgusta mi actitud, pero soy incapaz de pensar en algo bueno, porque en cuanto se me ocurre, se me escapa.

Sé que pasará, pero soy sensible a los cambios, y aunque mi capacidad mimética es bastante buena, siempre queda una lentitud en el movimiento que molesta. Pero en fin, nunca pretendí ser perfecta, porque eso sí que sería aburrido… ji ji ji.

Además, no sé ustedes qué pensarán, pero a mí la primavera me deprime. Ya se barrunta por Levante un aroma a azahar (poetas, tienen permiso para lapidarme), un sol que pica ya, advirtiendo lo que tiene preparado para el solsticio… la primavera es como abrir una puerta desconocida para abandonar obligatoriamente la seguridad del invierno. Y eso es algo que detesto. Porque me obliga a adaptarme y no encuentro descanso. Y los años, no me aportan la experiencia que necesito para afrontar otra primavera más.

El verano es otra cosa. Molesto, pero conocido. Y además, mi cumpleaños se sitúa en él, por si me quieren felicitar.

En fin, sin más bytes que ocupar, les dejo ya con mis reflexiones, que si no han logrado tranquilizarme, han logrado distraerme, siempre con la perspectiva de que estas modestas palabras, no se las lleve el viento.

Un saludo.

 

Se vende escritor galardonado

Aquella tarde de invierno, Julia le había encargado hacer la compra. Odiaba ir al supermercado. Pero había que comer, y él tenía la tarde libre, no como ella. No tenía excusa.

   Cuando se pudo despegar de la pantalla del ordenador, arrastró su pereza hasta la percha de los abrigos, situada en el recibidor de la casa, y se metió dentro de su anorak negro. El olor de los restos de colonia masculina pegados en las solapas, contrastaba con el olor a tabaco recién fumado que impregnaba su jersey de cuello alto. Una mezcla de olores conocida, tanto que se le hacía cansina y aportaba a la tarde un poco más de empacho existencial. Debería cambiar de colonia.

   El aire frío de la calle le espabiló un poco. Al abrir la puerta del patio, le recibió arañando sus mejillas con saña y una humedad pegajosa, y obligó a que su piel, aletargada por el calor de la casa, se despertara. Le vino bien para desembotar la cabeza, recocida de siesta mal despertada y atontamiento de pantalla. Uno no podía hacer mucho más un sábado por la tarde solitario, desparejado y tristón, hastiado hasta de sí mismo. Sobre todo, de sí mismo.

   Dentro del coche, había un silencio hueco. Todo lo que tocara estaba frío y encontró que era un habitáculo bastante inhóspito comparado con su sofá.
 
   No había mucho que hacer. Un mal día, era un mal día. Y era un mal día simplemente por el aburrimiento, por no saber estar consigo mismo, cosa que tras años de conocerse, no había logrado aún. La llamada de Julia tampoco contribuyó demasiado: Hola cariño ¿cómo estás? ¿Ya que sales, me podrías comprar la crema, que se me ha terminado?

   Nunca entendería porqué esa crema sólo se vendía en un único punto de la ciudad. Quisiera o no, acabaría en el centro comercial. Tal vez tuvieran contrato en exclusiva sobre la venta, pero en pleno siglo XXI, donde el comercio era uno de los embrollos más sustanciosos del planeta, seguía sin ofrecerle la comodidad que representaba la perfumería del barrio… Pero querer, no quería ir. Y tampoco quería, ya que hablaba de querer, aguantar a Julia aquella noche. Porque ya le había amenazado con que quería salir. Y beber, y bailar. Y después querría sexo. No quería salir. Había días para salir y otros para acurrucarse en sofá y retomar la siesta, justo donde la había dejado. Sin ni siquiera tener la obligación de echar un polvo. Simplemente dormitar, mientras en la tele echaban algo realmente malo. Cuanto más malo, mejor. Pero el entusiasmo de Julia, arrollador, como toda ella, arrambló con sus esperanzas, sin ni siquiera tener la oportunidad de decir ésta boca es mía. Se conocían demasiado bien. Ella le conocía demasiado bien.

   No quería salir aquella noche. Y después de reflexiones como aquella, se daba cuenta cruelmente para él mismo que tampoco quería haberse casado. Quería a Julia. Que no le gustara la vida de casado no significaba que no la amase. Sólo que a veces, no tenía ganas de ir a buscar su crema a un centro comercial lleno de gente, y la colisión entre lo que quería y lo que debía, o pensaba que debía hacer, a veces, era insoportable. Nunca lo diría, porque era una persona muy complaciente. De asertivo tenía poco, y de inteligencia emocional y demás manuales sabía menos. Odiaba tener que salir aquella noche, pero odiaba más disgustar a Julia. Y a la vez se recriminaba el ser un calzonazos y aguantar a Julia y a Pepito Grillo, era demasiado para él en una farragosa tarde invernal.

   Eran la siete. Pronto para todo, tarde para todo. A las seis, aún te quedaban las siete. A las siete, no te quedaba nada. Condujo a lo largo de toda la calle desierta con un solo acelerón. Era curioso: en los barrios, los fines de semana, parecía que había tenido lugar un ataque nuclear: negocios cerrados, aceras desiertas, bares vacíos. Todo el mundo se refugiaba en casa como si la inhóspita atmósfera de invierno les hubiese castigado a pasar una tarde eterna y pastosa que parecía no tener fin. Pero los centros comerciales… nuevos templos de la era moderna, antónimos de los barrios de toda la vida, tan rellenos de gente que reventaban por las costuras… bueno, entonces, por uno más…

   Aguantó el atasco de entrada al parking con la estoicidad que le daba la mala leche. Sorteó columnas asesinas y conductores aficionados a las carreras de rally, hasta que encontró un hueco, de milagro.

   Todas las construcciones de aquel tipo le recordaban a una nave espacial. Un ovni que cuando hubiese recogido suficientes especimenes humanos, echaría a volar y se internaría en las estrellas. Y a ver quién le quitaba la razón, subiendo una rampa mecánica de unos veinticinco metros de largo, rodeado de bombillitas halógenas, que invadían el paisaje como el acné la cara de un adolescente. Lo peor de un centro comercial en invierno, es sin duda, el aire irrespirable. Cinco grados en el exterior, veintisiete en el interior. El cuerpo comenzaba a empaparse de sudor bajo las fibras sintéticas, el nylon, la lycra y toda esa suerte de tejidos con y que protegían el cuerpo del frío del invierno. Al final de la escalera, el olor a colonia revenida, a tabaco y a humanidad, provocaba náuseas.

   Una cortina de aire situada justo en la entrada de la galería comercial, le espabiló un poco, a tiempo de ver algo que no esperaba: nada más cruzar la primera línea de marciales arcos magnéticos, encontró una especie de mini escenario, un podium que sonaba a hueco cuando era pisado por algún zapato.
  
   No todos los zapatos eran dignos de pisar aquel cubículo de contrachapado recubierto de moqueta, porque en realidad, no era un escenario: era un estuche. Y lo que guardaba en su interior, muy valioso. Demasiado valioso para estar allí.
  
   Contempló con una mezcla de asombro e incredulidad al ganador del Premio Literario Anual, y al finalista, esperando que alguien se acercara con un ejemplar de sus libros para firmárselos.

   Había leído el libro del ganador. Cuando lo terminó, hacía ya algunas semanas, aún no se había fallado el premio. El nombre del autor, sonaba con fuerza en las quinielas que sobre el tema se barajaban, y finalmente, tras unos días de dimes y diretes, salió su nombre, emergiendo glorioso entre todos los demás. La cuestión, no estaba exenta de polémica, claro, como en todas éstas vicisitudes. Unos se proclamaban totalmente a favor, y otros, totalmente en contra. A unos les parecía lo más de lo más, y otros, abominaban de su obra. Además, estaban las cuestiones políticas… el autor nunca se había posicionado, aunque tal vez por eso, los dos lados de todo miraran su obra con cierta suspicacia.

   Y lo que impactaba de la escena, era encontrarse con un escritor famoso, galardonado y, qué puñetas, bueno, en un centro comercial un sábado por la tarde, expuesto como si fuera un bolso o un paquete de jamón en lonchas. De hecho, se quedó un momento parado, incrédulo, hasta que una señora al pasar por su lado, le dio un codazo, y le hizo volver a la realidad. Desde luego, no le parecía bien que estuviese allí. Le parecería muchísimo mejor que estuviera en una librería, en un centro cultural, una sala de exposiciones… pero ¿un centro comercial? Por favor, que aquel hombre le había hecho llorar con su libro. Hasta un día le pilló Julia lagrimeando y le valió un achuchón por sensible…

   Cuando el tío trajeado de la entrada comenzó a mirarle mal, echó a andar. Sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía qué. No todos los días se encontraba uno con un escritor al que admiraba, en un lugar demasiado accesible, como era aquel. Las exigencias promocionales del organismo que entregaba el premio, podían ser muy crueles… Pasó justo por el lado del catafalco, precariamente protegido por unos cordones de seguridad de color rojo encendido, que no hacían juego alguno con el terciopelo rojo vino que cubría la mesa. Y no pudo evitar volver la cabeza para mirarle. El escritor, un señor de mediana edad, de más mediana que menos, estaba enfrascado con el finalista en una conversación, que por suerte, parecía mantenerles ajenos a todo lo que les rodeaba, gentío que les ignoraba, luces demasiado brillantes, escaparates de perfumería a sus espaldas… ni siquiera en la sección de libros los habían expuesto. Alguien había considerado que en la puñetera puerta estaban bien. Pasó a un metro escaso de él, en dirección a la crema de Julia. Eso le daría un tiempo de reacción. Aún no tenía decidido qué hacer, pero algo había que hacer, porque no podía uno dejar pasar la oportunidad de poder ver a uno de sus autores favoritos. Pero… ¿qué decirle? “Mi mujer me pilló llorando con uno de sus libros y la enternecí tanto que nos dimos un revolcón”: No… mejor que no. “Me encantó su libro”: Por favor… eso no le sonaba bien ni a él. No tenía ni idea… por otro lado, tampoco quería ir a que le firmara un ejemplar de un libro que ya tenía, cargado con la crema de Julia. A pesar de que uno fuera allí a comprar cosas, no a relacionarse con gente importante del mundo de la cultura, no se permitía semejante falta de respeto. Quería que el autor supiera que su libro era uno de los mejores que había leído nunca, pero no quería hacerlo allí, y no quería hacerlo haciendo cola, inexistente, por cierto, entre guardias de seguridad, ayudantes estresadas, armadas con móvil y agenda, y la plana mayor de la sección perfumería mirando. Era superior a sus fuerzas.

   Esos pensamientos le habían ocupado todo el tiempo que se tardaba en dar una mísera vuelta en círculo a toda la planta baja. En la sección complementos, reclamaban con urgencia a la señorita Moliner, que o no estaba, o no le daba gana de ir. Familias de España, peleándose por los pasillos, adolescentes probándose pulseras unas, robándolas otras. Bolsas de plástico con el visual logotipo del centro paseándose por todas partes, colgadas de manos que pertenecían a personas que ni siquiera habían percibido, o les daba igual, que un señor que había escrito un libro que a él le había emocionado, estuviese expuesto en la puñetera puerta…

   Y otra vez pasó por delante de él. Y del finalista. Esta vez, se fijó en algunos detalles, más que nada, por darse tiempo. Gafas de montura al aire, jersey verde oliva, pulcramente colocado sobre una inmaculada camisa blanca, canas, muchas canas… esta vez, miraba al frente, y el finalista también. Sin duda, la conversación, o no había dado para más, en términos de comunicación, o simplemente de profunda no tenía nada, y se había instalado un silencio incómodo entre ellos, porque haber quedado casi a la par en semejante concurso, no les daba la confianza suficiente como para mantener horas de conversación. Con más razón, si aquellas firmas de ejemplares, se extendían por toda la geografía del país, en un periodo de tiempo relativamente corto. Al pasar por su lado, se miraron durante un segundo.

   La mirada del escritor, le puso un poco nervioso… el contacto visual, como forma de comunicación más íntima aún que las propias palabras, era demasiado personal, para alguien que no conocía. A ver, el escritor estaba expuesto allí para que le miraran, sin duda. Además de firmar libros, claro, pero le seguía pareciendo demasiado íntimo. Y si el finalista, que sin duda lo conocía más que él, ya no tenía nada más que contarle ¿qué podía comunicarle él? Más bien nada… Entonces, ¿merecía la pena acercarse y que le firmara un libro? Ahora que caía, no tenía libro a mano que firmar. Porque al menos, la organización, había tenido la deferencia de no poner a ambos lados del podium, dos pilas de libros con una caja registradora en medio. Eso significaba, que tenía que ir a la planta sexta, comprarse el libro, bajar, reunir el valor para acercarse y que le firmara el ejemplar. Además del bochorno que supondría no comprar el libro del finalista y que se lo firmara también. Sin duda, se merecía también que alguien comprara su libro aunque hubiera quedado segundo…

   Estos nuevos, aunque no tanto, pensamientos, le habían ocupado otra vuelta completa a la planta de abajo. Y la cosa ya empezaba a oler, porque el de seguridad seguía mirándole mal… decidió ir a comprar el puñetero bote de crema. Pensaría mientras tanto qué hacer. Justo detrás del catafalco, una chica guapísima le atendió gustosamente con una sonrisa, aunque en esas situaciones, se encontraba ridículo, pensando que la dependienta pensaba que la crema con oligoelementos extraídos de los fondos marinos del pacífico sur, que te dejaban la piel como el culito de un bebé, eran para uso personal del cliente y no para su señora. Como tenía el escritor a poco menos de tres metros, ésta vez no le dio importancia a lo que la dependienta pensara.

   Joder… bueno, algo tenía que hacer… pagó la crema, bajó a la planta del supermercado, realizó las compras que le quedaban, lo llevó todo al coche, volvió a subir a la planta sexta… estaba ya medio asfixiado cuando por fin, con el ejemplar del libro en la mano, bajaba el último tramo de escalera mecánica, abarrotada de gente.

   Aunque se pusiera colorado como un tomate, sacaría fuerzas de flaqueza y se acercaría. Casi tenía decidido no decirle nada, simplemente, plantarle delante el libro y pedirle un autógrafo con una sonrisa y por favor. El finalista… cuánto lo sentía por él, pero o bajaban el precio de los libros, o la tontería de comprarlo repetido sólo lo hacía por uno de los dos. Bueno, el del finalista, no lo había leído, pero se lo pediría a Julia por Navidades, que estaban a la vuelta de la esquina y así le ahorraba el adivinar qué quería. No le diría nada que no fuese pedirle un autógrafo. No le diría cuánto le había gustado, ni que le había encantado, ni que se sentía muy identificado con el protagonista, ni que a su padre, tiempo atrás, le había ocurrido lo mismo que a uno de los personajes de su libro, ni que estaba encantado de haberle conocido, puesto que no era verdad. No lo conocía.

   Casi suspiró de alivio, cuando al bajar por fin, el último tramo, esquivar una cola enfrente de una joyería, atravesar de nuevo el pasillo de perfumería, recibir otro codazo de una señora, y percibir con horror que le estaba abandonando el desodorante, encontró el podium vacío.

   Sólo quedaban dos carteles de metro y medio de alto con las portadas de los libros, y dos sillas vacías, tras una mesa cubierta de terciopelo rojo vino. Ni guardias de seguridad, ni empleados privilegiados, ni ayudantes personales estresadas. Allí no quedaba ni Dios. Echó por instinto una mirada a su reloj: las nueve en punto. Lógico.

   No sabía cómo se sentía. No era desilusión. Era casi alivio. Se había quitado un peso de encima…

   El atasco para salir fue memorable, casi tanto como el de entrada. Encontrar sitio para aparcar, tampoco fue tarea fácil. Y por fin, cargado hasta las trancas, sudado, cansado, con dolor de cabeza, pero relativamente de buen humor, entró en casa.

-¿Hola?- dijo una voz femenina desde el fondo del pasillo.
-Hola, soy yo. Llego ahora de comprar…
-Estaba preocupada…
-Es que había mucha gente. Por cierto, ¿sabes a quién he visto en el centro comercial…?

 

maniquies

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