Anaïs Nin
18 jul 2010 3 comentarios
in el primer capítulo Etiquetas: Anaïs Nin, El delta de Venus, Henry Miller, homosexualidad, literatura erótica, relatos eróticos
“Hace 107 años que nació Anaïs Nin, escritora francesa, que vivió casi toda su vida en Nueva York y terminó nacionalizándose estadounidense. Autora de novelas eróticas de estilo surrealista, rompió abiertamente con la literatura patriarcal y le dio una voz a la identidad femenina, aunque fue más conocida por sus “Diarios”, publicaciones en las que nos cuenta su vida y su entorno. Toda su obra constituye un desafío a su época.
Nació el 21 de febrero de 1903, en Neuilly, cerca de París. Hija de padres cubanos, éstos se separaron cuando Anaïs tenía 11 años.
Se fue a vivir a Nueva York con su madre y sus dos hermanos, pasando su infancia con su familia cubana y adquiriendo la nacionalidad estadounidense. El abandono de su padre hizo que se recluyera en sí misma y empezó a escribir un diario para protegerse de la realidad. Este diario, que no dejaría de escribir nunca, llegó a tener 35.000 páginas y fue publicado paulatinamente en varios tomos a mediados de los años 60. Con ellos adquiriría el reconocimiento definitivo como escritora.
En Nueva York asiste a escuelas católicas, pero nunca sería una buena practicante. Deja la escuela con 16 años, y encuentra trabajo como modelo y bailaora de flamenco.
Obsesionada con su padre, del que se creía enamorada, se inicia en el psicoanálisis con Otto Rank, uno de los primeros discípulos se Sigmun Freud, quien le sugiere que escriba para evitar esa obsesión.
En 1923 se casa en La Habana con un banquero neoyorquino, Hugh Guiler, y regresa a vivir a París. Allí escribiría su primer libro, un pequeño ensayo sobre DH Lawrence, escritor que a Anaïs le gustaba leer.
Vuelve a Nueva York y comienza a escribir una historia en la que vuelca sus inquietudes y las del mundo en que se desenvuelve, titulada “La casa del incesto”, pero debido al carácter controvertido de su novela no encuentra editorial para su publicación, por lo que ella misma, con una rústica imprenta, edita éste y otros escritos futuros.
Su pasión por la vida afecta también a sus relaciones amorosas. A pesar de estar casada, siempre se la conocieron amantes, pero sería con Henry Miller, un escritor desconocido en esa época, con quien trabaría una rara e indisoluble relación. La mujer de Miller, June Mansfield, estaba de viaje en París. Cuando June regresa a Nueva York, Anaïs siente una fuerte atracción por ella, que se ve correspondida y se convierten en amantes, transformando su relación en un exitoso triángulo amoroso.
También volvió a encontrarse con su padre, con quien tuvo una relación incestuosa.
A pesar de que sus novelas empezaban a ser reconocidas por público y crítica, ninguna editorial se atrevía con ellas por su alto contenido erótico, por lo que seguían siendo editadas con el propio dinero de la autora.
Junto con Henry Miller, y para sobrellevar una época de penuria económica, llegó a escribir por encargo de un lector anónimo, una serie de cortos relatos eróticos que cobraban a un dólar por página.
Fue la primera mujer occidental y una de las primeras en todo el mundo, que se atrevió a escribir y publicar relatos eróticos, que fueron recogidos primero en su libro “Delta de Venus”, en el que se aprecia una fuerte influencia del antiguo texto hindú Kama sutra, y después en “Pajaritos”. Antes de ella, la literatura erótica escrita por mujeres era muy escasa.
Pero al llegar los años 60, Anaïs se decide a publicar sus “Diarios”. Es en ese momento cuando le llega el éxito por aclamación popular e irrefutable. Su figura y su obra fue entonces reivindicada por las feministas, movimiento en pleno auge y se la considera pionera en el difícil campo la liberación femenina. Esto no quita para que se la reconociera como persona virtuosa y delicada, que mostró al mundo su “yo” más íntimo en sus diarios.
Estos “Diarios”, extremadamente sinceros, íntimos y personales, nos hablan de la vida que vivió y de la gente con la que se relacionó. Gente interesante e influyente relacionada con el mundo de la cultura, tanto su faceta literaria, como artística o incluso del campo de la psicológica. En los “Diarios” podemos observar la obsesión compulsiva por su padre, que les abandonó por una mujer más joven. También nos cuenta sin tapujos su vida licenciosa, o cómo estaba dolida por su poca aceptación como escritora en Norteamérica, sintiéndose ella norteamericana. Su diario era su único refugio personal, su único amigo al que hablaba con amor y sinceridad, desvistiendo su alma.
De algunos de estos “Diarios” hay dos versiones, pues en las primeras publicaciones se evita mencionar a determinas personas que aún vivían y podían sentir malestar por ello. Según iban falleciendo estas personas, se publicaban nuevas ediciones incluyendo la parte previamente censurada. Su esposo Hugo, expresó su deseo de no salir en ninguno de sus “Diarios”, por lo que no se le menciona en ningún momento.
Anaïs fue una persona narcisista, lo que la convertía realmente en alguien solitario. Sus amoríos pasaron por todos los posibles tipos de relación, desde el incesto hasta la homosexualidad, ninguna de ellas definitiva y duradera.
Aunque escribió mucho y de manera constante, Anaïs Nin conoció la fama casi al final de su vida. Pocos años después de publicarse sus diarios se la detectó un tumor de ovarios.
Anaïs murió en Los Angeles el 14 de enero de 1977, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas fueron esparcidas sobre la Bahía de Santa Monica. Fue una mujer inadaptada, que no quiso o no supo vivir de manera ordinaria.”
http://www.bibliofiloenmascarado.com/2010/02/21/efemeride-semanal-anais-nin/

“Ángel y el frío.”
24 may 2009 2 comentarios
in Se encuentra bien: está narrando Etiquetas: amantes, amor, erotismo, ligar, mirada, ojos, pasión, relación, relato, relatos eróticos
A petición popular, reactivo la sección de “se encuentra bien, está narrando” con un relato antiguo, pero que no me salió mal del todo. Este y más, se pueden encontrar en:http://www.grupobuho.es/modules.php?gb=members&user_id=selyna&start=0
“El día que conocí a Ángel, era uno de esos días extraños.
El sol atizaba fuerte, pero el aire era helado. Es curioso cómo el clima de un día que te ha marcado por algún motivo, es lo primero que aparece cuando evocas un recuerdo. Podría decir hasta cómo iba vestida aquel día, aunque de esto ya hace tanto, que ya poseo esa ropa. Me lo presentó un amigo. Una presentación insulsa, como diciendo “ah, sí, la amiga de…” y luego, a ignorarnos mutuamente.
O eso parecía. También me sorprende el recordar exactamente cómo eran sus ojos. Como espero que sigan siendo: canallas y de color chocolate. Éramos un montón de gente, una reunión de amigos en una pizzería, cerveza, risas, tabaco. Mediterráneo total. Pero algo había en él que me había llamado la atención. Pensé en que era un bocado apetecible, pero que estaba lejos de mis posibilidades, porque a mí, o me lo ponen tremendamente fácil o soy una rajada de narices. Mientras tanto, íbamos ya por el segundo café en un horrible centro comercial, y yo no podía quitarle los ojos de encima. No sé beber, y no espero aprender nunca, porque ese ligero mareo que te quita la vergüenza y te enciende las mejillas, es el mismo que me suelta la lengua y me hace ser menos yo. Me encanta ser yo, pero lo poco gusta, y lo mucho cansa. Y Ángel era poco y bueno. Apenas crucé algunas frases con él, pero me supieron a gloria. Y al final del encuentro, un par de besitos en las mejillas, un rastro de colonia de chico, una mirada con sonrisa y un ya nos veremos, de esos que no dan esperanzas.Volví a casa con media sonrisa y ese alientillo que se te queda a las horas de haber bebido cerveza.
La segunda vez que lo ví, hacía un frío de narices. Llovía, hacía aire, frío infernal, granizo, incluso nieve… aquí que no ha nevado nunca, ni de casualidad… era algo premonitorio. Esa noche, me aconsejaron que no saliera, pero estaba en la edad de divertirme y no hay nada que motive más que una negativa. Puro espíritu de contradicción. Y salí. Ni se me pasó Ángel por la cabeza. No se me ocurrió que un comentario sobre él provocaría que nuestro amigo en común, no sé si porque él también había comentado algo o simplemente para verme babear, le llamara. Y se presentó en el pub en el que estábamos, como de casualidad. De cordero pasó a lobo. De chico tímido pasó a ser más calavera que el Sabina, más zalamero que un gato y ya sabemos todas qué es lo que tienen los chicos malos…
En pocos minutos me tenía en exclusiva: a mí, señorita independiente que paso de todos y de todo, que hago lo que me da la gana y que no me distrae nada ni nadie… A la que me despisto, estaba bailando con él. Sí, bailando… y notando su respiración etílica en el cuello, susurrándome tonterías al oído, erizando mi piel debajo de todas las capas de ropa, pegando mi cuerpo al suyo… como el que no quiere la cosa, siendo consciente de que allanaba mi espacio vital, me besó. Y no fue tanto el beso como la mirada borde que le acompañó.
Sabía que yo había mojado hasta los vaqueros con el bailecito, que sus manos habían sabido abrirse paso solitas hasta la piel de mi cintura, que estaba tan excitada que me dolía… me ganó la partida. Arrimé mis desesperadas caderas contra las suyas como el que no quiere la cosa y de premio obtuve su erección. “Ahora sí que la has jodido, maja” me recriminé a mí misma. Me empapé de Ángel lo que quise, pero por circunstancias ajenas al caso, no me acosté con él. No aquella noche.
Tardé días en volverlo a ver. Y fueron días largos, fríos, ausentes, abúlicos… el recuerdo de una buena noche, cuando estás en la veintena, puede mantenerte toda una semana, que fue más o menos el tiempo que tardé en llamarle. Sí… fui yo. Si Ángel no se me iba de la cabeza, tendría que finiquitar yo misma la cuestión… era como si supiera que él me esperaba, que era consciente de que me había inyectado algún veneno y yo tendría que volver a por mi antídoto. No tuvo más que esperar…
No era un buen chico. Yo no era ni buena chica ni la única, por lo que la agonía sólo la sufría yo… Por las noches, mis manos se colaban entre mis piernas, y me acariciaba como hicieron sus labios en mi cuello. En medio del orgasmo, susurraba su nombre, porque Ángel, era un susurro. A pesar de los días en blanco, de conocernos en cuanto apenas, el día que me invitó a su casa, en cuanto abrió la puerta y nos vimos, en lugar de quedarnos cortados, o tomar café, como el que va a casa de un amigo a estudiar, nos asaltamos. Si, esa es la palabra. El espíritu del pub, esa excitación, ese “quiero tu cuerpo ya”, seguía más que presente. A él le gustaba ir al grano, y yo no podía hacer nada más. Al primer beso, noté mi raja hinchada, húmeda, sedienta, más que preparada. El bulto en sus pantalones, me indicaba lo mismo. Y sin más dilación, comiéndome sus labios, raspándome con su barba de dos días, caí desnuda en su cama, en sus castas sábanas de algodón con perfume a suavizante. Me empaló sin piedad. Su polla sabía exactamente dónde tenía que meterse. Me acuerdo de haber arqueado la espalda, plantándole mis tetas en la cara, y sentí su lengua rápida sobre mi pezón. Me folló. Como nunca nadie lo había hecho antes. La promesa, el pequeño adelanto del pub no fue más que eso: un pequeño adelanto de lo que estaba viviendo. No defraudó mis expectativas. Sin ser excepcionalmente guapo, sin ser excepcionalmente musculoso ni nada de eso, Ángel hizo que me sintiera como nunca antes me había sentido. Me sorprendí cuando me corrí. En serio. Mis músculos más íntimos masajearon su polla en medio de una sinfonía de gemidos que se me caían de la boca. Iba a fundirme entre sus brazos, escuchando sus resoplidos. Y cuando pude hablar, miré sus ojos medio dormida, limpié el sudor de su frente con mucha lentitud, y susurré “eres el primero que ha hecho que me corriera sin usar las manos”. Y su sonrisa me indicó que era uno de los piropos más bonitos que le habían echado nunca.
Ángel me folló muchas veces más. Ese día y medio año más. La vida, nos separó. Él era un chico vividor y yo soy muy mía. No pegábamos ni con cola. Pero de vez en cuando, por esas extrañas conexiones neuronales, años después, me acuerdo de él. En momentos de desamor profundo, mi cerebro evoca nuestros encuentros, como un dolor de muelas a una aspirina, encontrando alivio un poco nostálgicamente. Quizá echando de menos, de paso, los años locos. Porque puedo decir, que aquella fue una de las mejores noches de mi vida.”
![matematica_copos_de_nieve[1] matematica_copos_de_nieve[1]](http://siyopudieraytuquisieras.files.wordpress.com/2009/05/matematica_copos_de_nieve1.jpg?w=535)
Acerca del sexo
30 dic 2008 1 comentario
in el primer capítulo Etiquetas: literatura erótica, relatos eróticos, sex, sexo

Y ahora que he logrado llamar vuestra atención… ja ja ja. Es broma. Realmente este post va a tratar sobre sexo.
Llevo escribiendo relatos eróticos con más o menos fortuna desde que tuve edad para empezar a hacerlo. No. Desde los dieciocho no. Un poco antes. Cuando la naturaleza llama a todo humano, como a todo bicho viviente.
Me he encontrado con relatos muy buenos. Relatos muy explícitos que tienen la virtud de no ser groseros ni desagradables en absoluto. Y eso me encanta. Me gusta la sutileza, me gusta el detalle cuidado, me gustan las ideas que se entremezclan y a la vez, derivan del puro acto en sí.
Guardo casi todos los relatos que he escrito en mi vida. En unos hay sexo, en otros no. No hay duda posible acerca de que me encanta la literatura erótica. Cierto es que el tiempo te da material para escribir y además proporciona técnica, puliendo detalles, aprendiendo metáforas para describir lo ya descrito miles de millones de veces, y crear algo nuevo, único, sobre un tema tratado desde todas las perspectivas posibles. Me río muchísimo cuando releo mis primeros escritos. Fallos garrafales que eran imposibles que se produjeran en la realidad. Yo aún era demasiado joven para saber algunas cosas, que sólo la práctica te puede enseñar. Pero eran un sano ejercicio.
Libros eróticos, la verdad, he leído muy pocos. No sé. No los busco. Han ido cayendo en mis manos y los he leído con agrado, aunque no estoy muy versada en ellos. El relato erótico me lo ha facilitado internet, y yo misma, escribiéndolos. Y claro, de ésto, sí he leído un montón. Algunos maravillosos, otros vomitivos. De tanto en tanto, me doy una vuelta por páginas ya conocidas, dedicadas por entero al género. He leído auténticas basuras, con buena idea, pero ni un mínimo de coherencia gramática. Malas ideas tan disfrazadas con buenas palabras que eran hasta pasables… Mis favoritas son las páginas que ordenan sus relatos por categorías: hetero, gay, zoofilia, incesto, fantasías, cibersexo. Me entra la risa cuando veo tal diagrama. Me da la impresión de estar frente a la estantería de la zona de adultos de un videoclub. Y desde luego, no todos son aptos para estómagos delicados. He leído verdaderas barbaridades, algunas hasta censurables. Y me he encontrado con maravillas que hasta me daba lástima encontrarlas en lugares tan sórdidos. Pero bueno, el sexo es así. Poca gente lo vive con naturalidad y disfrutando de él. Hay quien se limita a practicarlo de tanto en tanto y no se para a pensar mucho más tiempo en él. Para mí, la literatura erótica es un modo más de disfrutarlo. También hay gente que lo percibe todavía (por cultura supongo, impuesta o adquirida) como algo que hay que ocultar, o esconder de la mirada ajena. Si los demás saben que piensas en esos términos sobre sexo, te pueden tachar de guarro/a, supongo que sería la idea fundamental. No sé.
No se trata de llevar un lema en una camiseta por la calle que diga “Me gusta el sexo”. Ese tipo de declaraciones tan obvias, le restan magia a una cosa que ya de por sí es mágica. Creo más bien que se trata de disfrutarlo en todas sus facetas: la real, la literaria, la pura fantasía… y todas las que tenga y que aún tengo que descubrir, si es que existen. Lo que está muy claro, es que opino que el tema da para mucho. Incluso para escribir disertaciones de este tipo.
Disfruten …









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