Expedición al infierno 2: la línea roja.

Es difícil hallar unos minutos sosegados para poder escribirte. Esta tarea que me he impuesto es dura, pero tengo que cumplirla. Si voy a cruzar el infierno, no puedo detenerme.
Estoy aprendiendo muchas cosas en el poco tiempo que estoy aquí. Bueno, siempre según mi percepción, puesto que como ya te dije, aquí el tiempo no puede medirse. He aprendido a no mirar con los ojos. Aquí hay que ver siempre lo que no es evidente, si no, el infierno te juega malas pasadas.

El paisaje sigue cambiando a su antojo, pero he descubierto algo para evitar caerme en cualquier precipicio o ahogarme en un mar de agua amarilla: el camino está marcado. Sí, sí…

Lo descubrí  cuando la tierra se estremeció y se agrietó a mi lado, y tuve que saltar y agarrarme al tronco de un árbol de color azul que había cerca. Con las piernas colgando y los brazos doliéndome, ví una delgadísima, apenas visible línea roja. Era del grosor de una centésima parte de un hilo de coser. Trepé como pude y cuando recobré el aliento, me senté a mirarla. No sé de que está hecha, pero intenté tocarla y mis dedos pasaron a través de ella como si fuera un haz de luz. Pero mi mano tampoco la interrumpió.

Es algo a lo que agarrarse. He de seguir mi instinto y no obviar esa línea roja. No sé quién o qué la ha puesto ahí. Tampoco sé si me llevará a un lugar seguro o me precipitará hacia mi final. Pero esa, es una duda que yo ya traía puesta. De hecho, estoy aquí para buscar respuestas que todavía no tienen pregunta. Te preguntarás cómo sé que he de seguirla. Y yo te respondo: ¿qué hago si no? Claro que no estoy segura, pero como te he dicho, no hay que mirar con los ojos.

Hay que prestarle mucha atención. Es tan delgadita que cualquier distracción hace que la pierda de vista, pero en mi interior, siempre estoy pendiente de ella. Si me concentro y busco con atención, vuelve a aparecer, marcándome el camino. Y yo echo a andar de nuevo, con la duda de si estoy haciendo lo correcto o no. Me he dado cuenta de que una parte del infierno, es tener que seguir adelante a pesar de la incertidumbre. Es algo muy tormentoso, hallarte rodeada de peligros, avanzar sujeta a un hilo apenas invisible y no estar segura de hacer lo correcto.

Hay algo bueno en todo esto: si sigo la línea, el paisaje cambia menos bajo mis pies. Parece que las catástrofes se producen con mayor frecuencia a ambos lados de la línea, pero no encima. Ahora estoy descansando mientras escribo esto, sentada sobre una piedra esférica de color verde, cruzada por la línea roja. No me aparto de ella. De hecho, ahora mismo, un prado lleno de flores de color cobre se acaba de hundir a la derecha y ha aparecido una cascada gigantesca que hace muchísimo ruído y me da algo de miedo. Pero yo estoy sobre la línea.

El edificio que parece ser mi meta, (o al menos la primera parada), parece que está quieto después de que yo descubriera la sutil línea roja. Estoy segura de que si la sigo, llegaré a él. Me da un poco de miedo descubrir qué hay ahí, pero debo ir. Quizá, al final, todo tenga un sentido, un mecanismo más o menos lógico. Pero no creas que eso me ayuda a disipar mis dudas sobre si hago lo correcto o no. Porque no sé si lo que voy a encontrar allí, me hará bien o mal.

Antes he dormido un rato sobre la línea roja, aprovechando que ha oscurecido. Me he quedado mirando unas curiosas nubes líquidas, dentro de las cuales se mezclan tintas de distintos colores con movimientos hipnóticos y he pensado en tí. Desde cualquier ángulo, puedo ver el gran interrogante a lo lejos. Sé que a ratos estás, a ratos no. Y cuando sé que no estás, me siento un poco más sola. A veces pienso que nunca debí informarte de este viaje, nunca debí darte a conocer estas reglas que cumplo, porque sé que las miras con incredulidad, y no te culpo. Si no hubiera creado en tí esa curiosidad, quizá estarías mejor. Y yo seguiría por el infierno sabiendo que nada te altera. El infierno me ha enseñado lo egoísta que soy. Perdóname.

Mirando las nubes líquidas, me he dormido y he soñado. Aquí se sueña muchísimo. Y los sueños son vívidos, tan reales… soñé que estabas allí conmigo, que habías decidido entrar. Pero cuando de repente la claridad volvió, me desperté de golpe. 

Bueno, debo continuar. Seguiré de nuevo mi instinto, con el castigo de no saber si hago bien o mal. Eso me atormenta, pero esto es el infierno…

 

“El infierno está todo en esta palabra: soledad.”

Victor Hugo.

“Lillith”

“Tal vez si hubiera aceptado sus desafíos y jugado los juegos que a ella le agradaban, Lillith hubiera acusado con más impacto físico la presencia de su marido. Pero éste no conocía los preludios del deseo sensual, ni los estimulantes que ciertas naturalezas salvajes precisan, y así, en lugar de responderle en cuanto veía que se le ponían los pelos de punta, el rostro más vívido, los ojos relampagueantes y el cuerpo electrizado, inquieto como el de un caballo de carreras, se replegaba tras aquel muro de comprensión objetiva,  tras aquella amable burla y aceptación de ella, como quien observa un animal en el zoo y sonríe a sus cabriolas, pero no se siente afectado por su estado de ánimo. Era esto lo que dejaba a Lillith completamente aislada, igual que un animal salvaje en un desierto inhóspito.”

Anaïs Nin

“Lillith”  1941  de “El Delta de Venus”

Enésimo viaje.

Ayer debimos sobrepasar los cuarenta grados. Seguro. El calor seco, me es tan extraño como los seis meses de luz y otros seis de oscuridad del norte. Y allí estaba yo, haciendo tiempo hasta la hora de la reunión, a más de cuarenta grados. 

 Comí en una pequeña taberna un frugal y escaso tentempié. Forma parte de la etiqueta empresarial el que el estómago no ruja durante las reuniones.

 Aunque he recuperado mi diálogo interior (diálogo, no monólogo), a veces no tengo nada interesante que decirme. Y siempre he sido de la prudente opinión, de que es mejor callar que hablar por hablar. Conmigo, los silencios siempre son cómodos.

 Y allí estaba yo, forastera, sintiéndome forastera en tierra extraña, sintiéndome observada como forastera, a pesar de lo pretendidamente cosmopolita de la ciudad en la que ayer me hallaba. A pesar de todo, puedo entender porqué a Andrew le hechiza.

Entre la gente, me llamó la atención una adolescente. Fumaba lánguidamente y tecleaba su móvil con agilidad. Me pareció estar viendo a Morgana cualquier noche de verano, cuando, ya quince años atrás, ella brillaba y las demás queríamos brillar. Su perfil era idéntico: la forma de su boca, pequeña y jugosa. Sus ojos maquillados de sombra oscura. La forma de coger el cigarrillo. Su largo cabello negro. Bastó que pudiera ver su rostro al completo para que la ensoñación desapareciera con el escorzo. Y me sentí transportada quince años después, aún falta de brillo.

 No sé si se marchó antes que el señor gordo del sombrero, o antes de la aparición de los dos chicos de un servicio técnico. Yo recuperé mi diálogo interior para transmitirme una información meramente práctica: son las tres menos cuarto. Pagué, agradecí el servicio, y me marché, todavía sin saber si hace quince años, yo quería ser lo que soy ahora, o si dentro de quince años, tendré claro quién quiero ser.

 El resto del viaje lo realicé cautivada por el ajeno diálogo interior (diálogo, no monólogo) de Julián Sorel, y acordándome de Benn cada minuto, en el tiempo en el que le conocí. Eran idénticos. Siempre he tenido debilidad por las personas complicadas. Lamento que el sentimiento no sea mutuo. Aunque claro, está implícito en su naturaleza. O lo tomas, o lo dejas.

 El taxi que me tocó, era un soberbio Mercedes. Al abrir la portezuela, hinqué mi tacón torturador en el asfalto, y sentí que podía haber emitido un destello glamuroso. No olvidemos que soy nacida bajo la influencia del sol. Está implícito en mi naturaleza. O lo tomas, o lo dejas.

Mark Knopfler y su suave música country, aportó calidez al paisaje de la autovía, a las grúas iluminadas sobre los edificios en construcción, a los puentes y las inhóspitas avenidas. Una suave menlancolía ( a la que soy propensa ) me acompañó hasta casa.

 Y aproveché para reflexionar sobre la edad y el papel social que juega. Y sobre todo, la crueldad de ser la misma mente (lo juro, la misma), en un envoltorio distinto cada año. Aunque cada año que pasa, me importe cada vez menos. La inevitabilidad requiere valor. Y a veces, el orgullo viste una armadura de valor. ¿Habrá sido valiente Morgana? Yo simplemente, me he limitado a quedarme mirando.

Edward Hopper

Hubo un tiempo…

Hubo un tiempo, quizá no muy lejano, en el cual, yo era capaz de escribir. Y de expresarme. Y en mi mente no había este torbellino constante que me impide pensar más allá de lo meramente práctico.

 Hubo un tiempo, reciente, en el cual, yo podía concentrarme en tareas que eran de mi agrado. Y no sólo pensaba en ocuparme de cosas básicas. Quita el cerco de café con la bayeta. No olvides comprar crema de limpiar zapatos. La necesitamos realmente…

Hubo un tiempo en que yo, era tres yoes. Identidad falsa tras identidad falsa, cobardemente creaba historias de la nada. Ahora ya no me queda material. Ahora sólo queda un paquete de cigarrillos vacío, y unos ojos que por desgracia, pueden ver lo que era antes de ser lo que soy. Había magia en mí.

 Nunca habia sentido con tal desesperación el paso del tiempo. Si tuviera que definirlo, diría que es como las primeras corrientes de aire frío invernal, que el día anterior no estaban, y de repente te rozan el brazo, avisando de que está ocurriendo, aunque tú no te des cuenta. Nunca había notado con tanta claridad la soledad más absoluta. Y lo que es peor, la búsqueda de no sé qué para aliviarla. Cualquier intento sólo evidencia la resistencia de esta enfermedad que ha de pasarse sin compañía alguna.

 Sonrío, río, busco… para no hallar nada. Y no sé quién quiero ser. Y lo que es peor: a nadie le importa quién soy. Oh, pero es normal… todo ha muerto menos mi gigantesco ego. De algo tenía que servirle ser tan fuerte. La esperanza también ha muerto. No se puede pegar un vaso roto. Ya no cumple su función.

 ¿Y qué es un humano sin esperanza? No lo sé. ¿Qué puedes ofrecerle a la belleza si no eres bello? ¿Qué puedes ofrecerle a la cultura si no eres culto?

 Escucho cientos de veces al día la misma canción, que me habla de lo que quisiera que ocurriera. Pero sé que no va a ocurrir. La diferencia es que hubo un tiempo en el cual creía que podría ocurrir, aunque no supiera de qué dependiera.

 Este tiempo es estéril, yermo, hiriente. Pero yo aprieto de nuevo el botón para que suene la música, y sé que nada más ocurrirá. Ahora lamento ser fuerte. Si no lo fuera, podría mitigar el dolor con química. Pero me niego. Y no sirve de nada. Se puede apostar y perder. Y perdida estoy. Probablemente así me quede.

Autocontrol

Generalmente, la vida no nos deja hacer lo que nos da la gana. Siempre hay algunos privilegiados que lo hacen, pero son los menos.

Podemos engañarnos, dejándonos arrastrar por la puta publicidad, que no se hastía de repertirnos lo guays y únicos que somos, lo que molamos y lo que la gente, esa gran masa aborregada, se pirra por ser como nosotros… a condición de adquirir sus productos por un módico precio.

O podemos refugiarnos en un sueño que, con la suficiente imaginación, crearemos nosotros mismos, un hueco integrado en la realidad, en forma de burbuja a la que acudiremos cuando necesitemos intimidad y soledad, y que sólo será bienvenido quien diga la contraseña correcta…

Yo tengo una burbuja. Todo el mundo tiene una. Estoy segura. Pero me he dado cuenta de que encerrarme en mi burbuja, no está produciendo el efecto deseado. No me satisface. Lo que anteriormente me había servido bien de refugio anti-masa aborregada, ahora se está convirtiendo en un lugar estéril, que se retroalimenta de sus propias paredes, si nadie añade material nuevo a la constucción.

El problema, es que la realidad me parece tan hostil, tan vacía de amabilidad… allí no encuentro lo que busco. El problema es que en ningún lado encuentro lo que busco. Aunque lo pida o pregunte… es como si no me lo mereciera, y tuviera que sufrir una penitencia para conseguirlo, sin ni siquiera saber si al final se me será concedido. En fin, abandono ya por fin el sueño de ser princesa. A mí nunca me vistieron de rosa. Me pondré las ropas de aventurera, llenas de barro y bastante feas, pero al menos, cambiaré la perspectiva del paisaje de mi torre.

Eso sí, que nadie espere que me comporte como si fuera de la realeza de un reino de fantasía.

 

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