sin objetivo fijo

Querido diario:

NO sabes cómo te odio. Odio el recurso facilón, resto de una adolescencia no superada, escaparate de mis debilidades, expuestas en tí a escarnio público.

¿Que porqué vuelvo a tí? Porque para eso te pago. Bueno, no te pago, te pego. Te pego retales de mis frustraciones en tus blanquísimas y pixeladas hojas electrónicas, ejercito mis dedos que adquieren ya por tu culpa una velocidad casi profesional. Aguántame un rato, que yo te aguanto a tí, espejito, espejito lindo.

Esta noche he tenido un sueño. Tenía un amigo. Hablaba con él. Y él me contestaba y charlábamos sin cesar. La gente a mi alrededor me miraba sorprendida. ¿Dices que hablas con él? Pero si hace años que murió… sí, sí, yo lo ví, llevaba un fino cordón blanco atado a la muñeca, que colgaba de un lado de la mesa del forense.

Me he despertado de golpe.

Y hoy no tengo objetivo. No hay nada grande que hacer. Nada que vaya a hacer que me sienta estupendamente bien, nada que me catapulte a la posteridad. Sólo pequeñas cosas, que son necesarias y las hago con cariño, pero no sacian ni un ápice a mi furioso espíritu.

Hoy no me soporto, no te soporto, querido diario. ¿Que porqué vuelvo a tí? Porque sin mí no existes. Sin tí… no sé. Sin tí existo sólo en segundo plano. Es más, te odio, porque me haces ver lo malo que hay en mí. Porque vuelco mis miserias, y las siento criticadas, cuando lo que necesitan es ser curadas.

Creo que es pronto para comenzar a lamentarse. Ya tendré tiempo después.

Enésimo viaje.

Ayer debimos sobrepasar los cuarenta grados. Seguro. El calor seco, me es tan extraño como los seis meses de luz y otros seis de oscuridad del norte. Y allí estaba yo, haciendo tiempo hasta la hora de la reunión, a más de cuarenta grados. 

 Comí en una pequeña taberna un frugal y escaso tentempié. Forma parte de la etiqueta empresarial el que el estómago no ruja durante las reuniones.

 Aunque he recuperado mi diálogo interior (diálogo, no monólogo), a veces no tengo nada interesante que decirme. Y siempre he sido de la prudente opinión, de que es mejor callar que hablar por hablar. Conmigo, los silencios siempre son cómodos.

 Y allí estaba yo, forastera, sintiéndome forastera en tierra extraña, sintiéndome observada como forastera, a pesar de lo pretendidamente cosmopolita de la ciudad en la que ayer me hallaba. A pesar de todo, puedo entender porqué a Andrew le hechiza.

Entre la gente, me llamó la atención una adolescente. Fumaba lánguidamente y tecleaba su móvil con agilidad. Me pareció estar viendo a Morgana cualquier noche de verano, cuando, ya quince años atrás, ella brillaba y las demás queríamos brillar. Su perfil era idéntico: la forma de su boca, pequeña y jugosa. Sus ojos maquillados de sombra oscura. La forma de coger el cigarrillo. Su largo cabello negro. Bastó que pudiera ver su rostro al completo para que la ensoñación desapareciera con el escorzo. Y me sentí transportada quince años después, aún falta de brillo.

 No sé si se marchó antes que el señor gordo del sombrero, o antes de la aparición de los dos chicos de un servicio técnico. Yo recuperé mi diálogo interior para transmitirme una información meramente práctica: son las tres menos cuarto. Pagué, agradecí el servicio, y me marché, todavía sin saber si hace quince años, yo quería ser lo que soy ahora, o si dentro de quince años, tendré claro quién quiero ser.

 El resto del viaje lo realicé cautivada por el ajeno diálogo interior (diálogo, no monólogo) de Julián Sorel, y acordándome de Benn cada minuto, en el tiempo en el que le conocí. Eran idénticos. Siempre he tenido debilidad por las personas complicadas. Lamento que el sentimiento no sea mutuo. Aunque claro, está implícito en su naturaleza. O lo tomas, o lo dejas.

 El taxi que me tocó, era un soberbio Mercedes. Al abrir la portezuela, hinqué mi tacón torturador en el asfalto, y sentí que podía haber emitido un destello glamuroso. No olvidemos que soy nacida bajo la influencia del sol. Está implícito en mi naturaleza. O lo tomas, o lo dejas.

Mark Knopfler y su suave música country, aportó calidez al paisaje de la autovía, a las grúas iluminadas sobre los edificios en construcción, a los puentes y las inhóspitas avenidas. Una suave menlancolía ( a la que soy propensa ) me acompañó hasta casa.

 Y aproveché para reflexionar sobre la edad y el papel social que juega. Y sobre todo, la crueldad de ser la misma mente (lo juro, la misma), en un envoltorio distinto cada año. Aunque cada año que pasa, me importe cada vez menos. La inevitabilidad requiere valor. Y a veces, el orgullo viste una armadura de valor. ¿Habrá sido valiente Morgana? Yo simplemente, me he limitado a quedarme mirando.

Edward Hopper

Un mal día es…

¿Qué es un mal día?

Un mal día es deshacerte de tus amuletos, es una lágrima a destiempo, una riña merecida.

Es una náusea que dura horas. Es un trago de whisky con tranquilizante. Es creerte Bukowski.

Es un si yo pudiera y tú quisieras que llega demasiado tarde.

Es mirar atrás y ver que no ha merecido la pena.

Es ver que el camino que queda es muy largo y pedregoso.

Es una resaca anímica que duele en cada célula.

Es un anhelo, de entre tantos, que no se cumplirá.

Es sentir el peso del mundo en los hombros, que duelen sordamente.

Es tener que sonreír sin ganas. Es una espalda frente a tí.

Es tener que consolarte pensando que si no hay días malos, no pueden existir días buenos.

Es la rapidez, cuando la mente funciona lentamente.

Es tener que admitir el error cuando sólo quieres callar.

Es tener que aceptarlo porque sí, y pensar que un mal día lo tiene cualquiera…

TODO HACE TRIZAS EL ALMA

 

“Todo es adrede. Todo hace trizas el alma”

Mario Benedetti.

 

Envuelvo un libro, y me regala una frase, antes de enterrarlo en papel de regalo y celo. Le pongo un “Felicidades” que no sé a quién irá a parar. Tal vez no lo sea para quien lo reciba. A mi alrededor, todo sigue su curso. Todo parece movido por una extraña maquinaria que tal vez no sea otra que la misma voluntad de los hombres y las mujeres.

Soy egoísta al pensar que todo es asombroso. Yo no soy la medida del mundo. Hay gente capaz de hacer cosas mucho más maravillosas que yo. Pero al maravillarme, porque yo no las sé hacer, a la vez estoy pensando en que nadie sabe hacerlas. Y eso es egoísta. Egocéntrico.

Los minutos se suceden. Los más áridos de pasar, son los que discurren a pleno sol. Lentos y tediosos. Y la tristeza llega, al pensar en el tedio, en el aburrimiento, en la linealidad de la vida… y a la vez deseo que sea así. “Si quieres exprimir la vida tienes que estar dispuesta a mancharte un poco las manos” dice Lois a Meg en una serie de dibujos. Es curioso, de pequeña pensaba que de mayor no debían gustarme los dibujos animados, y aquí estoy, sorbiendo un plato de sopa frente a la tele, empapándome de sus enseñanzas…

Después, por la noche, los sueños, que son el proceso natural que sigue el cerebro para liberarse de experiencias inútiles, de macerar procesos que algún día darán su fruto, de descarga, esos sueños me atormentan. Huyo, soy perseguida por lugares extraños…

Todo hiere, todo hace trizas el alma. ¿Quién tendrá ese libro en sus manos? ¿quién estará leyendo esa frase?

 

La canción más triste del mundo.

La canción más triste del mundo para mí es “Al alba” de Luis Eduardo Aute. Y como hoy me he levantado triste no la voy a escuchar. Sólo voy a poner la letra, que es ya de por sí suficientemente triste. Como la oiga me echo a llorar, y luego se me hinchan los ojos y estoy espantosa.

Si te dijera, amor mío,
que temo a la madrugada,
no sé qué estrellas son éstas
que hieren como amenazas
ni sé qué sangra la luna
al filo de su guadaña.

Presiento que tras la noche
vendrá la noche más larga,
quiero que no me abandones,
amor mío, al alba,
al alba, al alba.

Los hijos que no tuvimos
se esconden en las cloacas,
comen las últimas flores,
parece que adivinaran
que el día que se avecina
viene con hambre atrasada.

Miles de buitres callados
van extendiendo sus alas,
no te destroza, amor mío,
esta silenciosa danza,
maldito baile de muertos,
pólvora de la mañana.

 

libertad1

No me da la gana

Si es que no puedes desear a nadie que se pudra en los infiernos, por muy mal que te caiga, porque al final de la corrida, la que acabarás en el infierno serás tú.

Eso de la justicia poética funciona divinamente, pero el problema que tiene es que va tan lenta como la de verdad. Y no hay nada que la acelere. Tal vez en la real funcione un buen maletín lleno de billetes. En la otra, nada que hacer. Bueno, puedes meter su fotografía en el congelador, hacer vudú… y que usted lo disfrute: Pero el mal que desee le será devuelto siete veces… dadivosa ella.

Estado de rebeldía proclamado en la república de mi interior. Nada me está bien, nada me conforma, nada me satisface, todo me cabrea. En cierto modo está bien, porque me obliga a moverme, a reaccionar. La tristeza me anula, me deja tirada. No me gusta dejarme vencer. Pero el cabreo me vuelve viva.

Hoy me ha dado por recordar amigos perdidos. Debe de ser el frente de bajas presiones que está cruzando la península, que no soy quién para escapar de él, el mismo que tiene a todo el mundo alicaído y a mí del hígado. Decía de los amigos perdidos. A veces recuerdas con nostalgia, a veces, con tristeza y una coletilla culpable de “Ah, si yo hubiera hecho esto o aquello…” En días como hoy, me gusta que sólo sea capaz de ver lo que ellos hicieron mal conmigo. Es un respiro mientras retorno a mi estado normal.

He barajado muchas veces la posibilidad de quedarme así: de convertirme en la cabrona que me gustaría ser. Mira, que tengo un mal día, pero como lo he combatido así y no me ha ido tan mal, pues fíjate, que he decidido que ahora soy una hijaputa. Hasta eso sería deseable.

Que no, anda, que tú no puedes enfadarte mucho rato seguido, que tú eres buena, que eres tan… (disponga aquí sus elogios). Pues ¿sabes que te digo? Que ahora voy a ser más mala que el spiderman negro, por lo menos… hasta la hora de cenar. Y no me digas que tengo que volver a ser buena, porque no me da la gana.

 

 

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.