Día 73

Dia 73. Por primera vez en mucho tiempo, me he pesado. No ha servido de mucho, ya que como tengo la costumbre de no hacerlo, no tengo una referencia de cuánto peso he perdido. No sé por qué lo he hecho. Supongo que he tenido un momento de debilidad heteronormativa y mi inseguridad ha ganado. Esa inseguridad de no gustar a quien me gusta. Afortunadamente, creo que he sofocado con éxito ese brote.

Me he levantado de mejor humor que ayer. Creo que por fin, he dado por terminado el otro brote heteronormativo que surgió tras el roce con el sexo opuesto del otro día. Que me pasen esas cosas hace que me sienta como un alcohólico frente a una cerveza tras años sin beber. O un ex fumador en un sitio donde todos están fumando. Se revuelve la bestia, se despiertan mis instintos dormidos. Es difícil no sucumbir a una piel, a unos ojos, a una boca. Sin pensar que eso es todo, que no es más que un espejismo de lo que realmente deseo. Pero creo que no hay más. Eso es todo lo que puedo obtener. Y ahora tengo síndrome de abstinencia de nuevo.

Lo hice porque lo deseaba. No a la situación. A él. Y deseo más. Pero las reglas del juego son crueles. Y esa falta de comunicación de la que adolecemos me mantiene en una incertidumbre insoportable. Podría seguir con mi comportamiento políticamente incorrecto y hacer lo que sería lógico: preguntar. ¿Y ahora qué, chaval? Pero no sé qué piensa él.

Así que me mantendré en la opción más segura: dar por pasado el episodio. Es lo que menos duele.

Qué pena… Qué pena.

Pequeños placeres de una librera.

Ayer por la mañana me tocó turno en la librería. De pensar que iba a hacer mi turno sola (bueno, con mi hijo y su tablet. Cosas de la conciliación…), al final terminamos siendo cuatro. Y yo, encantada. Había mucho trabajo. Hacía unos días, la línea de librería (tecnicismo. Lo siento) habíamos propuesto mejoras y ahora había que afrontarlas. Así que mientras los demás iban a sus quehaceres, yo iba a por el mío, que consistía en vaciar completamente una estantería de seis baldas con dos filas de libro de bolsillo cada una, para ordenarlos alfabéticamente. Además, el turno lo llevaba yo, con lo cual, mía era también la obligación de atención al cliente.

Mi turno de jueves mañana suele ser tranquilo, por no decir a veces, algo aburrido. Ayer la venta, dentro de un orden no demasiado entusiasta, no estuvo mal comparado con otros días.

Mis clientes destacados del día, fueron dos parejas jóvenes. Veintipocos. Chico y chica. Aspecto cuidado y corriente, sin estridencias.

El primero se me acerca y me pregunta si tenemos dos libros. Uno, no lo recuerdo. El otro era “El almuerzo desnudo” de W. Burroughs. Clásico americano difícil de tragar. O lo amas, o lo odias. Yo lo odio. Es así. Le digo que el primero, lo siento, pero no, pero que el de Burroughs, se lo puedo conseguir. Anoto su petición y le digo que se pase el sábado. No está en la librería, pero como funcionamos a través de donaciones, estaba bien segura de lo que le decía, porque lo tengo en casa y estaba como loca por deshacerme de él. Y ahora estoy segura de que mi ejemplar de compacto Anagrama, irá a parar a buenas manos.

El segundo, se me acerca y me pregunta si tenemos algo de Bukowski. Rebusco en internacional. Nada. La gente sabe lo que dona… bromeo diciendo que la gente ese tipo de literatura no la dona, que yo estoy con ansiaputa (no usé ese término) de que entre algo de Houellebecq. Pero (aquí es cuando entran en marcha mis dotes de vendedora) que si le gusta este tipo de literatura, le puedo recomendar uno mientra espera y le enseño “13,99€” de Beigbeder, ejemplar que publicitamos por Facebook, y que mostramos en escaparate una temporada. Y que volvió a la estantería de internacional sin pena ni gloria. Lo habría rescatado yo, pero ya tengo un ejemplar. El chico lo examinó: precio más que bueno, tapa dura, sobrecubierta… leyó la sinopsis y le costó un poco despegarse de él. Lo devuelve a la estantería, diciendo que otro día. Cuando voy a cobrarle el otro libro que había cogido, me deja el doble de dinero y en un rápido movimiento, vuelve a internacional y como un chiquillo tímido, vuelve a apoderarse de “13,99€” y se lo lleva.

Sí. Todavía hay esperanza.

Más de lo mismo.

Hoy tengo el coco lleno de ideas. Más que de ideas (es un vocablo que sugiere plasmación como fin último), lo tengo hasta las trancas de pensamientos. Quiero hablar de mil cosas a la vez y de ninguna en particular.

Últimamente están pasando cosas. Cosas nuevas. Cosas que tienen que ver con mis aficiones, mis gustos, mi forma de ser. También en lo (pseudo)laboral, gente nueva… Todo mola. Todo, menos mi ya legendaria incapacidad de adaptarme rápidamente a los cambios.

A veces pienso que mi tiempo de cambios internos no va a terminar nunca. Y cuando miro atrás y veo el camino hecho (y bien hecho), se me pasa la sensación de angustia y me hago una concesión.

Indudablemente soy mejor amiga mía que la que era hace un año. Eso es bueno. La impaciencia que me impide concentrarme en el presente, no es tan buena, pero estamos trabajando en ello.

Bien, pues vamos a dejar que fluya ¿no?. Es lo más sensato que se puede hacer.

Reproche

Siempre ocurre en primavera, una de esas mañanas nubladas y frescas. Me empujas fuera del juego después de invitarme. Quizá es tu última oportunidad antes de ser demasiado mayor para jugar, para escenificar una fantasía. Yo no tengo lugar allí.

“¿Qué película?” Te imagino preguntando desde el quicio de la puerta a esos dos a los que atribuyes unas cualidades que no tienen. Ya lo demostraron. Y yo ya lo sabía, pero me hubiera gustado tanto estar… me habría conformado con ser espectadora. Yo traería el vino, me quedaría sentada en el alféizar de la ventana mientras mi blusa blanca se transparentaba al trasluz de ese clima dramático. Así, bien cubierta, mientras el tul de tu sujetador rosa dejaba ver tus pezones.

Tú, estrella. Llenando la pantalla con tus piernas largas y tus ingles suaves que se oscurecen abruptamente tras una alambrada de algodón blanco. Yo, dirección de fotografía. El encuadre es cosa vuestra. Pero la luz de esta mañana, me pertenece.

Podría decir que no, que no creo en esto. Sería hipócrita. Podría buscar los mil y un argumentos para demostrar mi madurez, hacer saltar ese interruptor por el cual me vuelvo responsable y racional. Pero te estaría mintiendo. Hoy creo que la madurez es admitir que me habría gustado entrar en el juego. Y tú esperabas que yo entendiera que me tenía que quedar fuera. Y lo entendí… pero no significa que me gustara.

Si, habríamos creado algo nuevo… pero preferiste una mala versión teatral con actores aficionados.

Perdiste la oportunidad. Y yo también. Ahora el estampado de flores, está roto.

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Reflexión feminista.

Vamos a hablar de un tema espinoso para muchos: El feminismo. Bueno, no. No vamos a hablar. El que quiera llegar hasta el final de esta reflexión, que lo haga. Pero advertido queda acerca de mi voluntad de no discutir ni para bien ni para mal sobre lo que escriba. Como dice mi amiga Nati, yo ya no discuto sobre el feminismo. Y no lo hago por una sencilla razón: hay tantas y tan diversas opiniones (tantas como personas), que reconozco mi incapacidad de contestar a todas las cuestiones que se me planteen. Sólo soy una persona más, con una experiencia propia. No soy Simone de Beauvoir.

Seguro hay quien me reprocha esto. Bueno, pues que sepa que me importa más bien poco. Las veces que lo he dicho, alguien ha saltado diciendo: “Eso es poco valiente y antidemocrático. ¿No propugnas la democracia? Pues entonces debes aceptar las críticas tal y como vienen. Es muy feo tirar la piedra y esconder la mano.” Y no digo que no. Pero en cuanto encuentre un interlocutor/a válido/a. Y por supuesto que no exijo que esté de acuerdo conmigo. Simplemente que sea capaz de analizar la cuestión de forma objetiva y con mente abierta.

Aunque he perdido ya toda esperanza. Ojalá alguien me demuestre que me equivoco.

Es un clásico el meterse con el feminismo y malinterpretarlo. Quizá tenga muchas interpretaciones posibles. Si, es posible. Pero lo que no me cabe en la cabeza es la negación de la realidad. Muchas voces se han alzado a lo largo de los años contra el feminismo. Pero me sorprende que hoy en día, haya muchas personas que no lo consideren necesario. Que lo vean obsoleto.

Mi forma de practicar el feminismo es el considerar a todas las personas iguales. Iguales en derechos. Y no sólo en derechos legales. En derechos morales también. En todos los tipos que existan. Ampliando este concepto: igualdad desde la diversidad. Y este sencillo planteamiento parece ser que escuece. Y lo hace por una sencilla razón: no conviene. Porque pone de manifiesto el hecho de que aunque teóricamente debería ser así, la realidad nos dice otra cosa totalmente distinta. Opino que la sociedad hace luz de gas sobre la situación real de las mujeres.

¿Que la sociedad está compuesta por hombres y mujeres? Correcto. Innegable. Pero veamos quién manda en la sociedad.

Si hablamos de salarios, las mujeres proporcionalmente cobramos menos por el mismo trabajo. Y no lo digo yo porque quiera. Hay estudios serios sobre el tema. Existen muchos recovecos donde se esconde la desigualdad. Una forma de discriminación salarial, es la jornada a tiempo parcial. Otra, las reducciones de jornada por conciliación. Otra, los incentivos que dejas de cobrar por tener que cuidar a tus hijos. La imposibilidad de promoción laboral ante este hecho… Y otros cientos de ejemplos en los que ahora mismo no quiero caer. Los hay bien documentados y disponibles en la red. Hay que tener en cuenta, que por desgracia, la libertad la da el dinero.

Si entramos en materia de conciliación, mejor ni hablamos. Conciliar en Occidente es el engaño del siglo. No existe la conciliación. Existe el sacrificio. Las leyes no están hechas para las mujeres. Se nos exige el doble de esfuerzo que a un hombre y esto es así. Aquí es donde se alza la voz de ese padre que se ha reducido la jornada para cuidar a su hijo, para protestar fervientemente. Y yo me levanto y le aplaudo. Ojalá hubieran más como tú. Pero con unos pocos, no nos basta. Todo es global. Por algo se empieza, desde luego. Y todos mis respetos para ellos, los ejemplos que existen. Pero de momento, son ejemplos. Las estadísticas hablan por sí mismas. El rol de cuidadora (de niños, ancianos, enfermos y todo aquel que deba ser cuidado), sigue siendo mayoritariamente femenino.

Pero bueno, como ya he dicho, no deseo detenerme en temas prácticos. Me gustaría ir más allá. Más hacia el origen de todo esto.

Al mundo le conviene cerrar los ojos ante la única diferencia que realmente debe conservarse entre géneros: su naturaleza. Ésto si que no se duda en pisotearse una y otra vez.

No puedo decir mucho acerca de la naturaleza masculina. Debería ser un hombre para poder opinar sobre aspectos íntimos de la misma. Así que, educadamente, me abstendré de hacerlo. Por el contrario, sobre la naturaleza femenina sí sé un poco. Cuando hablo de naturaleza, me gusta bajar a lo orgánico, a lo biológico. Porque de ahí, surge el resto: lo social, lo económico, lo moral. Y si, por mucho que moleste, hay que hablar de ciclos: ciclos menstruales, ciclos vitales, edades y situaciones. Hoy en día, el papel reproductor, afortunadamente va quedando cada vez un poco más en manos de quien realmente pertenece: las mujeres. Se decide tener o no tener hijos y cuántos. (En occidente. No hablemos de otras partes del globo, porque entonces ya, necesitaría muchas más páginas para esta reflexión). Y si, lo siento por esos padres abnegados, pero los hijos son de las madres. Es algo vital, orgánico. Luego hay situaciones, por supuesto. Pero por norma general, es así. Hasta el momento en que un hombre pueda parir, va a ser así siempre. Ya sería hora de que asumieran de que la naturaleza nos ha dotado con esto a nosotras. Y por supuesto, que se crearan los mecanismos adecuados para poder llevarlo a cabo sin preocupaciones.

Y aquí se hace patente el calvario que se ha iniciado años antes. Se niega socialmente la naturaleza femenina porque no es práctica. No da dinero. Genera gasto. Porque el sistema en el que vivimos, considera una molestia esta naturaleza. Quizá la tema. Yo estoy convencida de ello. No hemos superado ese miedo prehistórico que los machos de la especie sentían ante el misterio de que a la hembra de vez en cuando se le hinchaba el vientre y al final expulsaba un pequeño humano. ¿Qué corrientes habrían en ese vientre que no podían controlarse? Siempre hemos demonizado lo que no hemos comprendido. Y a día de hoy, aunque la razón biológica esté perfectamente clara, sigue rompiendo esquemas y despertando mecanismos psicológicos para los cuales no se prepara ni a hombres ni a mujeres. Y mucho menos se le facilita a la mujer el hecho de ser madre. Tampoco se le facilita a una mujer el hecho de no serlo. ¿En qué quedamos?

Antes de esto, viene la construcción de la identidad de la persona. Y esta identidad se construye en base a la enseñanza social. Eres niña o eres niño. Luego eres persona/niña o persona/niño. No sólo persona. Y te educan como tal. He de decir que afortunadamente estos últimos tiempos, se caracterizan porque hay muchas personas sensibles a este tema, (hombres y mujeres) que están cambiando los modelos de educación. Pero siguen sin ser suficientes. Y eso conforma tu identidad. Ni los más egregios psicólogos de la historia, se autodiagnostican. Y menos aún, se tratan. Así que opino, que es muy difícil librarse una misma de todo lo que te han metido en la cabeza durante años. Se puede conseguir, pero a base de muchas lágrimas.

Esto último, hay muchos hombres que no lo tienen en cuenta. Dicen a ver ¿para qué tanto feminismo si ya tenéis igualdad? Se discute siempre desde una posición de superioridad: pidiendo explicaciones. Bueno, pues cuando alguien me pide esas explicaciones de este modo, dejo de considerarlo un interlocutor válido. Puesto que su agresividad de base, me indica que no está dispuesto (o dispuesta) a escuchar mis razones. Las formas indican más de lo que parece.

Encontré el lamentable manifiesto de un chico joven, que ponía verdes a las mujeres que se arreglaban mucho. Las acusaba de esclavas de la moda, inseguras, ganado las llamó. Él proclamaba que amaba a su novia y a su celulitis y que la prefería sin maquillar. Bueno, me alegro mucho. Ojalá todos los hombres pensaran así. Sería un grandísimo alivio para nosotras que gustáramos por lo que somos sin necesidad de pasar por la tortura cosmética. Sobre todo para las más jóvenes. Las que tenemos ya unos años, llevamos ventaja en eso. Somos capaces de vivir sin tener que torturarnos. Pero sabemos a costa de qué: a costa de no gustar. Bueno, cada uno elige. Yo no censuro a las chicas que se quieren arreglar mucho. Al fin y al cabo están jugando a los juegos a las que las obligan. Si un adolescente chico heterosexual, sale con una chica, probablemente prefiera hacerlo con una agraciada físicamente. La que no lo sea tanto, será muy buena gente, pero pocos casos se han dado de que esta sea elegida. ¿Qué debería hacerse? Bueno, en gente tan joven, la naturaleza manda. No puede hacerse mucho. Así que ya se sabe… la que no entre en el juego, se le excluye. No se puede pedir esa fortaleza a una persona que se está formando. La educación recibida es fundamental. Imagino que paliaría la situación. Pero no es la tendencia mayoritaria y como seres sociales, la opinión del resto a cierta edad, se tiene muy en cuenta. Ojalá cambie en un futuro no muy lejano.

Conozco también hombres que llevan un absurdo cacao mental. Incapaces de ver el problema en su conjunto, se creen con el derecho de escoger de un lado o del otro según sus argumentos se refuercen. Quieren a sus hijas libres, fuertes, felices y guerreras. Pero por otro lado, demonizan el feminismo porque su mujer les mandó a la mierda. No haré más comentarios.

Y como el tema es inabarcable, creo que voy a dar por finalizada mi disertación. Tan sólo quiero hacer mención a esas mujeres que también demonizan el feminismo, tachándolo de radical y antiguo. Bien, esto sí me parece grave. Así como yo no puedo entender la naturaleza masculina, imagino que ellos sólo podrán entender al cien por cien la suya. Que una mujer no entienda y valore su propia naturaleza, me resulta inaceptable.

Somos mujeres… un cúmulo de ideas, proyectos, vida, ganas, esfuerzo, alegría, llanto, sangre menstrual, victorias, fracasos… somos personas. Y exigimos nuestro lugar como tales.

¿Hedonismo o pereza?

Mucho se ha escrito ya sobre el tema de guardar las apariencias en el mundo virtual. El construír una imagen pública, prediseñada y tal. El vestíbulo virtual que se abre ante tí, cuando decides traspasar la puerta, es intimidante. Es lógico que una/o evolucione con precaución, porque al fin y al cabo, es un terreno más resbaladizo que el de la interacción real. Al fin y al cabo, no ves al oponente. No puedes evaluar su lenguaje corporal, ni sus miradas, ni las inflexiones de su voz. Te faltan datos. De ahí vienen muchas de las malinterpretaciones existentes.

Cuando más o menos te sientes cómoda/o te sueltas con quien tienes confianza. Y si ya estás muy quemada/o, te la bufa lo que piensen de tí. Y sueltas lo que te viene en gana (con unas normas éticas, por supuesto).

Pero bueno, cada uno/a, tiene su experiencia en eso.

A mí me ha dado por pensar ahora en la obligación de enseñar lo que haces. Hay muchas personas que tienen miedo a colgar canciones una detrás de otra, o tonterías varias que te hacen gracia, porque tienen miedo de que las juzguen como excesivamente ociosas. Hay que demostrar continuamente que se está ocupado/a. Y que además, estás así de ajetreado/a porque hay algo que te apasiona.

Sin duda, hay grandes pasiones por ahí, y gente que las pone en práctica a la perfección. Gracias a esto, muchas disciplinas artísticas avanzan y nos hacen disfrutar. Pero no es a este segmento al que me refiero. Me molesta especialmente que exista la obligación de demostrar contínuamente que hay una ocupación en algo. Es agotador.

Quizá sea porque la vida me ha obligado a tomar un periodo de descanso forzoso. Pero he de decir, que me hacía mucha falta a nivel vital. De este tiempo, una de las ideas que estoy sacando, es que el ocio, en su justa medida no es malo. Que lo contrario provoca ansiedad, consumo de benzodiacepinas y angustia anticipatoria. No quiero eso. Cuando me pongo con mis pasiones, quiero disfrutarlas. Y cuando vuelva a estar activa (la gran incertidumbre de esta era), quiero llevarme las enseñanzas que he ido recogiendo y tener una vida lo más armónica posible, en la cual, sea capaz de conjugar obligación y placer, sin estrés.

No quiero estar pendiente de que la gente piense de mí que me paso mucho rato rascándome la barriga si no me dedico a escribir un libro completo, o hago fotos sin para para especializarme en fotografía, o me dedico a estudiar historia de la música para ser una erudita. No… no quiero. Me niego. Y ese será mi arte: ponerme una canción quince veces seguidas si me gusta, por puro placer. Llenar diez de folios en pleno trance y luego ni siquiera corregirlos, sólo por el deleite de escribir a mano… Ya vendrán de nuevo las situaciones en las que tenga que demostrar fiereza, proactividad, dote de mando. Pero desde luego, no serán en el campo del placer.

Esto, lo he pensado yo sola, pero mi amigo Vince, sembró la semilla. Algo he aprendido, chico. Gracias, de corazón.

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