Cajas llenas de trastos.

De todas las cosas que hay en el mundo, hay una que me da más miedo que ninguna.

Las cajas de trastos.

A veces hay cosas que no sabes qué hacer con ellas. Otras sí. Objetos pequeñitos que no tiene ningún sentido guardar, pero que son el recuerdo de un día especial, o de una época especial. O incluso de una mala temporada. Y se van a una caja. Y almacenas tres o cuatro a lo largo de tu vida y te siguen allá donde vas. Sabes que eso no es lo importante, porque los recuerdos están en tu cabeza. A veces viajan al corazón (a veces a la vesícula biliar). Pero irradian una especie de radioactividad, allí, guardados en la caja que no abrirás durante años. Porque la marea de emociones a veces es difícil de soportar.

No me da miedo tenerlos ahí. Me da miedo que alguien que no sea yo pueda verlos. Y que pregunte. Entonces seré un libro abierto y podrán leerme. Y bueno… eso da miedo ¿no?.

¿Y si alguien pregunta por ese usb abandonado repleto de cuentos viejos en los que deposité todos los deseos que no se cumplieron? ¿y si alguien señala esa pequeña muñeca de plástico que me representa cuando pensaba que mi vida iba a ser totalmente diferente a cómo es? O ese marcapáginas hecho polvo, o esa concha de la playa… ese anillo de plata que se partió de repente y que no consigo tirar. Cada objeto tiene su historia, que como ladrillos, poco a poco construyen la mía.

Hay que tenerlos bien puestos para sentarte en el suelo junto a alguien, tomar la caja, abrirla y dársela. Que mire, que toque, que examine, que pregunte. Porque se trata de ti y de tus trastos. De lo que eres. Una vez que aprendes que eso no se puede cambiar, los objetos pierden ese valor (más bien temor) que poseen. Cuando asumes que en realidad todos tenemos una caja (o un montón de ellas) de trastos, que pueden ser físicos o metafóricos, y que para cada uno tiene importancia, te tranquilizas un poco.

Supongo que el paso siguiente será poder hacer una buena limpieza. Y si alguien sujeta la bolsa de basura, entonces tiene que ser la leche.

 

Supongo que una se ha hecho mayor cuando no reconoce el mundo en el que vive.

Es hora tal vez de meterse en la cabeza que hay que cuidar de una misma, aunque eso nunca me haya llenado del todo.

Quiero hablar de amor y de relaciones. Que sí, que ya sé que no está de moda. Preguntadme si me importa.

El otro día en un foro empezaron los tertulianos a vueltas con el poliamor. Y yo qué queréis que os diga… me bajo de la vida. A mí me parece cojonudo todo lo que sea consentido y disfrutado. Que para eso estamos aquí cuatro días y dos te los pasas llorando. Pero como no estoy en la cabeza de otras personas, sólo puedo hablar por mí.

Que la libertad es algo que todos debemos disfrutar y defender, está claro. Pero incluido en la libertad está el escoger hacer algo o no escogerlo. Y yo no lo escojo.

Últimamente me suscita muchas dudas el término “pareja”. ¿Cuándo te puedes considerar pareja de alguien?. Los requisitos actuales están tan difuminados y son tan subjetivos que no tengo claro el término. Si es sexual, la circunscripción está clara. Pero ¿y si abarca algo más?. Es más ¿qué debe abarcar para poder considerarse pareja? ¿Está sujeto a la voluntad tácita de las partes? ¿Hay que verbalizarlo o se desprende de los actos?. Si es así ¿qué actos son?.

Zygmunt Bauman habló de que ya no hay relaciones. Sólo conexiones. Superficiales, intercambiables, que al final lo que producen es una individualización salvaje que abomina de cualquier compromiso. Con lo cual… ¿es pareja esa persona que está sólo en los momentos agradables pero no en los demás?. Eso no es una pareja a mi entender. Es… una conexión superficial. Entonces ¿existe obligación hacia esa parte que no siente obligación hacia ti?. ¿Hay que dedicarle el tiempo y el espacio que demanda aunque sea para cosas agradables, y hacer el esfuerzo aunque cuando cambia la obligación de lado, no cumpla?.

Que somos hermanos, pero no primos…

Después hay otro factor que me suscita serias dudas… a saber: en el caso del poliamor, se desprendía una premisa fundamental, que no es ni más ni menos que le gustes a más de una persona. Y me atrevería a decir que más allá de lo físico. Por lo menos, una afinidad emocional. Y eso, es harto difícil a partir de cierta edad y circunstacias de vida. Pues no hay gente quejándose de que no encuentra a nadie… uf. Y hay un estigma sobre mujeres que da para un libro. Pero ese, es otro tema.

Es más fácil ser poliamoroso/a si tu posición económica es relativamente solvente, al menos lo suficiente como para disponer de un espacio propio. Lo siguiente es tener una vida social (como no conozcas gente, no hay mucho que hacer). Una cantidad de tiempo libre suficiente como para poder combinar horarios (es más fácil cuando la plantilla es reducida). Con familia la cosa se complica…  Y sobre todo, que la fragilidad de la vida diaria no la desmorone frente a cualquier circunstancia que no quiero nombrar por no parecer agorera.

Nos vendemos muy caros… yo misma he sido acusada en multitud de ocasiones de selectiva. Yo me lo tomo con humor. No soy poliamorosa, pero tampoco idiota. Escucho a mis tripas en materia amorosa a ver qué me dicen.  Y si las condiciones de mi contrincante y las mías casan, pues adelante (aunque no tenga nada que ver la definición de pareja con esto). Pero si veo cosas que no trago. Pues no trago y pase el siguiente hasta que me acabe la cola (metafórica, que nunca ha habido cola, lo puedo jurar). Pero por favor…  de uno en uno.

Y de uno en uno, porque yo sí que me implico. Invierto hasta cierto punto, que no es ni más ni menos que el que marque el otro. No puedes pretender obligar a nadie a que dé lo mismo que tú estás dispuesta a dar. Pero yo sí creo en el compromiso. Creo en la construcción de algo, de un vínculo, de un apoyo incondicional. De un crecer como persona enriqueciéndonos mutuamente. Saltando obstáculos. Dando la cara y estando muy orgullosa de quien está a mi lado, por lo que es.

Va en mi ADN. Y no quiero cambiarlo. Porque pienso que es lo correcto. Estos son mis principios y si no le gustan… lo siento, no puedo cambiarlos.

Asco infinito

A veces hay que sacar la podredumbre de dentro. No quieres opiniones, no quieres consejos. A veces sólo con que te escuchen, es suficiente.

En este mundo de mierda, los humanos nos revolcamos en nuestra propia mierda. Algunos lo hacen con verdadera alegría y sumisión. No es fácil ser humano. Tenemos un superpoder y no podemos controlarlo. De hecho, ni siquiera sabemos que lo tenemos: nuestra mente. Es como darle una pistola a un niño.

Me produce infinito asco la forma en la que nos tratamos. Quizá porque sé que tenemos la capacidad de tratarnos bien los unos a los otros. Pero no lo hacemos. Porque no queremos. Ese es el último motivo verdadero. Se puede alegar incapacidad, ego, circunstancias… pero no lo hacemos. Y eso es lo que queda.

Producimos mucho más dolor que alegría en los demás. Y nos ensañamos con aquellos que son especialmente resistentes a las adversidades y que enmedio de los pensamientos en espiral, son capaces de dormir unas horas solamente para poder seguir soportando. Y no nos damos cuenta de que en nuestro particular universo, somos únicos y perfectos. En el mío, en el tuyo, y en el tuyo también. Y que hay necesidades que gritan por ser cubiertas. O al menos, aliviadas para que no crezcan y nos desgarren por dentro. Y si eso ocurre, muchos proyectarán frustaciones en la herida con tal de no quedarse con ellas. Aunque estés roto. Y ya no seas más humano sino una cáscara vacía y reseca.

Mostrar las emociones siempre ha sido un signo de debilidad a ojos de la sociedad, que siempre ha procurado premiar cada personalidad facetada con todos los grados de dureza (de inhumanidad). Dí cómo te sientes y te pintarás una diana en la cabeza. Y no dudes de que practicarán contigo. Quizá por el miedo a recibir disparos en la suya propia.

Si queréis, hablamos de hipocresía. Hablemos de ser maestros cuando ni siquiera hemos asistido a clase. Gastemos palabras sin saber que son la expresión de un pensamiento, que es al fin y al cabo lo que transmitimos al otro. Evitemos temas importantes y duros. Vamos a parapetarnos tras un muro de hormigón y exijamos el respeto de nuestro espacio. Al final seremos carne entubada en cemento, mirando el mundo a través de un espejo negro. Sin peligro pero sin goce.

No somos una red. No queremos ver nuestra conexión. Por eso no importa negar un poco de cariño o una palabra amable. Lo malo es que somos esto… una red, una comunidad, un engranaje perfecto… con las piezas defectuosas.

Y lo peor de todo, es que no podemos ver que para controlarnos nos han torturado con mantras perversos, anestésicos. Y los repetimos una y otra vez sin ser muy conscientes de qué estamos hablando. De por qué hay que reprimir nuestra naturaleza, nuestras emociones, nuestras necesidades inmateriales.

Asco infinito por todas esas frases que te animan a ser un completo imbécil narcisista. Asco infinito por todo aquel que te echa su mierda encima porque no puede digerir más. Asco infinito por el dolor gratuito que produce la incomprensión, que sólo encuentra palabras amargas ante la desesperación porque desaparezca. Asco infinito porque cuando nuestro cuerpo muera, no quedará redimido. Asco infinito por quien ignora una llamada de auxilio. Asco infinito por el “yo más”. Por los errores que te señalarán como objetivo y por las palabras que te perseguirán sin piedad. Asco infinito porque hay que ser perfectos en un mundo que no puede soñar ni siquiera lo que es la perfección.

Mucho asco. Infinito.

 

No sirvo para escribir. Y ya.

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Lo sospechaba desde hace mucho,pero he confirmado que no sirvo para escribir.

No sirvo. Y ya está. Como decían Franz Ferdinand, el sol no se tragará el cielo, las estatuas no llorarán.

Ya no es cuestión de seguir el consejo de los grandes maestros de la literatura. De hecho, cada uno te cuenta la misa como le ha ido. (¿Veis? Lo de usar refranes y frases hechas, por ejemplo, está muy mal visto. Abominan casi todos de ello. ¿Qué pasa? A mí me gustan los refranes. ) Hay cientos de miles de millones de consejos que van desde Bukowski, recomendando en “¿Así que quieres ser escritor?” que te salga de las tripas, como una necesidad física básica, a otros más sesudos, pero innumerables en todo caso. Cito a Bukowski porque lo puso en forma de poema en lugar de decálogo o lista más o menos larga, que es como suelen presentarse este tipo de asuntos. Y me pareció más original, simplemente. Pero en fin, que me lío: lo que quiero concluir, es que si le haces caso a Chéjov, a García Márquez, Atwood o Gaiman (nótese la disparidad en todos los ámbitos), está bien. Porque más o menos, todos recomiendan lo mismo. Luego tú te apañas con tu gramática y tu ortografía. Esas, son más inamovibles (si pretendes que alguien te entienda). Y con el estilo y la temática, apáñate también, que oye, no te lo van a dar todo masticado.

Casi todo se resume en lo mismo (a grandes rasgos): SÉ TÚ MISMO/A. Luego está todo lo demás. Luego, si te gustan los refranes, ponlos. Si te dan dentera, pues no los pongas. Yo que sé. Igual creas un estilo literario nuevo.

En el “tip” número 16 de Chéjov encontramos una perlita que nos viene estupendamente para explicar la siguiente idea:

“No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera”.

Si es que está todo hablado ya… y escrito.

Pues si. Os contaré una anécdota. Era el verano de 2017. Estaba siendo un mes de agosto particularmente caluroso. Tras unos días donde la temperatura había aflojado un poco, volvíamos a padecer un intenso calor húmedo. Yo había elegido trabajar ese mes, esperando que la gran masa de gente que poblaba la ciudad, se hubiese volatilizado. No me importaba su destino. Sólo quería una ciudad con los signos vitales muy débiles.

Como todo tiene un precio, la tranquilidad incluía el hecho de que mi bar favorito estuviera cerrado. Así que desde hacía varios días, intentaba establecer una rutina, en orden de seguir los impulsos de seguridad que mi personalidad siempre me había dictado. Y unas calles más allá, encontré una panadería donde vendían bollería para turistas, justo enfrente de una librería. Así que llevaba varios días comprándome una empanadilla de tomate y atún, que me comía de vuelta al trabajo, después de haber entrado a dar una vuelta a la librería. 

De repente, como personas que “ensucia papeles” (adopté ese término para referirme a mí misma y mi bendito hobby), me sentí abrumada. Grandes obras de la literatura universal, ediciones raras y originales, diccionarios, libros para niños, autoayuda, ediciones cutres de grandes libros y ediciones lujosas de libros cutres… 

Sé lo que se siente al ver en negro sobre blanco un texto tuyo. En medio de ese entorno literario que a Chéjov le provocaba náusea, se había abierto un claro en el cual me sentía arropada, espiritual, emocional y artísticamente hablando. Este rincón, era el lugar perfecto para mí. Y me acogió sin reservas. Era la excepción que confirma la regla. Sí que hay de todo en el mundo literario. Y algunos sitios, son cálidos y amables. Y este lo era y es para mí. 

Pero de repente, me sobrecogí. En una librería, los libros hablan. Hablan todos a la vez. Hablan los autores de renombre, hablan los noveles, los desconocidos, los cocineros metidos escritores. Habla todo el mundo allí. Hay una algarabía silenciosa que os juro que se oye. Y entonces, te maravillas pensando: “Wow… qué pasada…” y a la vez piensas “Jamás seré digna de estar en estas estanterías. Soy demasiado vaga para corregir, editar, repasar, volver a editar, volver a corregir… (y recortar. En mi caso, recortar),  para sacar un mínimo decente.” Y ves el libro “Ciento cinco consejos sobre cómo podar plantas de interior” de Joanne Winter-Jameson Pattern (es un decir, no existe ese libro) y piensas… “Si esta ha publicado, a mí me dan un Pulitzer”. Y te sientes fatal porque el tema es intentar no perder la humildad, que si no vamos mal. Y a la vez, abandonas la idea porque de lo abrumada que estás, acabas de perder la confianza en ti misma para los restos. Y encima te importan un pito las plantas de interior. Y luego te entra la pereza mortal de tener que pelearte con gente mucho más válida y cabezona que tú, que se está haciendo un hueco en el panorama editorial este tan raro, tan fragmentado, tan vilipendiado y tan cambiado debido a internet, a fuerza de dar puñetazos a lo que haga falta y dejarse la piel. 

Y tú, ahí, con tu libreta  y tu boli. Ale, ale, bonita…

Lo dicho: No sirvo para escribir. 

Matar la feminidad.

Cualquiera que no esté ciego (y que quiera verlo), se dará cuenta de que hay un sentimiento global de acabar con la parte femenina del universo.  Sin duda, ante tal afirmación, habrán voces en contra, carcajadas e insultos. Pero es un hecho. Lo femenino, el concepto de femenino, molesta a nuestro sistema. Es la parte sensible, paciente, alegre, pensante, creadora. Es todo aquello que el sistema odia. Por eso, quieren acabar con ella.

Los femicidios son la parte más visible. Pero luego hay un despliegue de medios que se ha recrudecido en los últimos años para socavar la feminidad y derrocarla totalmente. Por ejemplo: se ha pasado de la convención poco ventajosa para las mujeres del matrimonio tradicional, a una trampa en las relaciones personales en que las mujeres son objetos de usar y tirar: follamos, pero sin sentimientos (dicen muchos hombres). Y se escudan bajo un libertinaje ausente de responsabilidad ninguna, no en el plano material o afectivo, sino simplemente en lo relativo a un entendimiento o a una diversión compartida. No debería valer follar y desaparecer. Debería valer follar con consentimiento mutuo y buen rollo. Pero no. En cuanto la parte festiva femenina aparece, se intuye como un signo de opresión. Y lo masculino sale huyendo. Evidentemente la que debe quedar a la espera es la mujer. Si es ella la que lo hace ¿qué ocurre? Pues que se le tacha de puta. Como siempre ha ocurrido.

La maternidad subrogada: unos hombres trajeados que jamás sabrán lo que es gestar un hijo, legislan sobre el cuerpo femenino. Como en el aborto. Y dicen: ¿vuestro cuerpo es vuestro para abortar pero no para producir bebés para ricos? Efectivamente, así es. El cuerpo de una mujer es suyo. Tome la decisión que tome. Pero no se puede usar el argumento de la maternidad subrogada contra el aborto, porque en ambos casos, la última palabra siempre es de las mujeres. En el primero, cualquiera con dos dedos de frente, puede ver la transacción comercial detrás. Y parafraseando a Almudena Grandes, con la autoridad que me da haber gestado, sé que un embarazo es un proceso femenino, ligado no sólo a lo físico. Tiene mucho de sentimental y una cantidad inconmensurable de espiritualidad. El aborto, es una realidad por la que ninguna mujer quisiera tener que pasar. No es un deporte. A veces, es una opción ligada a la supervivencia en una sociedad machista, que no deja lugar a las mujeres. Y la supervivencia también es un instinto femenino. La prueba está en la censura a la que se somete a mujeres que voluntariamente no quieren tener hijos.

Se elimina la parte femenina en el sistema educativo, convertido poco menos que en una empresa proveedora de mano de obra para el sistema, negando cualquier flexibilidad que se adapte a las características diferentes de los niños que se “educan”.

Se elimina la parte femenina en el mundo laboral, donde las tristemente históricas reivindicaciones igualitarias, mutan en forma de burla, alegando una irreal igualdad en salarios y derechos, que lejos de estar materializada, cada día se diferencia más. En los horarios, en las dobles y triples cargas. Y todas las demás cosas de las cuales, por desgracia, ya hemos hablado y seguiremos hablando.

Se elimina la parte femenina al reducir a las mujeres a la imagen que los hombres encuentran deseable. Unos cánones imposibles que prometen, una vez alcanzados, recompensar con amor. No el amor romántico, sino el reconocimiento, el cariño, la aceptación. Y que lo único que pueden traer, es el sometimiento al deseo masculino, que una vez lo tome, olvidará. Si con suerte puedes adaptarte a estos cánones y no mueres en el intento, presa de un transtorno alimentario o en un quirófano de cirugía estética.

Se elimina la parte femenina cuando surge cualquier tipo de violencia contra las mujeres: sexual, reproductiva, económica, moral, psicológica…

Se elimina la parte femenina en la legislación, en cualquiera de sus ámbitos.

Se elimina la parte femenina (si es que alguna vez estuvo), en la política. Las pocas mujeres que hay en ella, terminan comportándose como hombres, puesto que el sistema está establecido así. Ni rastro de feminidad en sus actuaciones.

El principio de generación implica una mitad masculina y una mitad femenina. Si matamos la feminidad, no sobrevivirá nadie.

 

Ídolos Caídos.

Hoy he comido con un ex. Mi ex más reciente. En realidad no sé si es un ex, ya que de hecho, no empezamos nada, pero se enredó en mi vida durante más de medio año. Si, creo que lo llamaré ex.

Procuré darle todo lo que podía. Él no me dio mucho a cambio. Las últimas veces que coincidimos, ya ni siquiera se esforzaba por mostrarse amable conmigo. Bueno, estas cosas pasan. No es la primera vez. Me gustaría que fuera la última, pero bien, tampoco me quita el sueño. No es agradable experimentar el que alguien pase olímpicamente de ti, cuando te has esforzado y has conservado la ilusión. Pero eh, bienvenidos al siglo XXI.

Cuando te das cuenta de que ya no importas un pepino, duele. Y más si no ha habido una conversación clarificadora por medio. Organizada que es una y no se entera si no le dejan las cosas bien claras. Parece ser que eso es mucho pedir. Repito: bienvenidos al siglo XXI.

Pero ¿sabéis lo que más duele?. Lo que de verdad duele es tenerlo sentado al lado y pensar “¿Por qué me atraía?” Como todo el mundo, tiene cosas buenas y cosas malas. Supongo que la ilusión y el gusto por su compañía, le daban demasiada importancia a lo bueno. Pero cuando oigo sus chistes, con los que antes me reía, y ya no me hacen gracia, o lo miro y ese aire que tenía que lo hacía único ya no está, o sus argumentos estúpidos que antes justificaba, ya son una verdadera molestia, eso… eso sí duele.

Duelen muchas cosas.

Y mala que es una… pero lo que más me duele, es que a él no le duela y a mí sí.